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El líder sin autocontrol
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Mourinho vuelve al diván
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La mentira sin final feliz
“El único equipo que jugó al fútbol fue el Barcelona”. Estas palabras fueron pronunciadas por Xavi Hernández a la conclusión de la Final de Copa que su equipo, el Barcelona perdió ante el Real Madrid. La frase esconde una prepotencia en forma de dogma; una imposición futbolística en la que la verdad absoluta es el juego del Barcelona. Sólo hay una manera legítima de jugar y una vía justa para ganar, la suya. Esta ideario ha sido comprado por la mayoría de los aficionados barcelonista, que no conciben otra manera de encarar los partidos más allá de la del Barcelona. Para empezar, este Barcelona y Guardiola no han inventado nada nuevo. Antes del equipo de Pep estuvieron Rinus Mitchel, la Holanda y el “Dream Team” de Cruyff, el Ajax de los 90 o la España de Aragonés, campeona de Europa antes de la llegada de Pep Guardiola al banquillo del Barça. Guardiola, grandísimo técnico, sólo ha añadido matices accesorios a una manera de entender el fútbol ya existente pero desconocida para la mayoría de una neo-afición culé fundamentalista, excluyente e ignorante de la Historia de este deporte. El fútbol del Barcelona tiene muchas virtudes prácticas además de estéticas. Es un juego poético; onírico y ornamental, cuidado y cultivado durante más de veinte años en la casa, en el que el desequilibrio principal viene marcado por la presencia del mejor jugador del planeta. Una idea romántica del juego en tiempos de huelga de idealistas. Reconocida y admirada unánimemente, la propuesta del Barcelona no debe desprestigiar ni empequeñecer las variantes de sus rivales como lo hace Xavi con sus palabras de mal perdedor. El fútbol ha demostrado que existen medios y caminos diferentes para encontrar un fin común: la victoria. La Historia ha dejado patente que hay alternativas válidas a la posesión del balón, las paredes, el juego altamente asociativo y todas las virtudes que hacen de este Barcelona un equipo irrepetible. El Real Madrid mereció la Copa del Rey al menos tanto como su rival, con argumentos diferentes y respuestas tácticas contundentes ante cada virtud del Barcelona. No permitió a la ‘máquina ofensiva’ disparar hasta el minuto 70, y le limitó a sólo tres disparos entre los tres palos. En la primera parte dominó todas las facetas del juego. Oscureció al Barça, lo desesperó, le desposeyó de sus señas de identidad y lo llevó al límite con una presión asfixiante, una idea cuidada de fútbol de contragolpe y un deseo de ganar que ya de por sí glorifica al fútbol y le hace merecedor del título. En la segunda el instinto de supervivencia, imprescindible para ganar títulos, y las manos del mejor portero del mundo le salvaron de momentos de mucho agobio. Ronaldo, un jugador tan anárquico como superlativo resolvió en la prorroga. La victoria del Madrid no representa un cambio de ciclo ni supone una mala noticia para el fútbol. Estas dos opciones son engañarse. Con una se engañan algunos madridistas y con la otra algunos barcelonistas. La victoria del Madrid sí que debe ser reconocida como una manera alternativa e igualmente válida de alcanzar un objetivo. Hay vida futbolística entre el tiki-taka del Barcelona y el concepto más radical de que el fin justifica los medios. El miércoles, empezando por Xavi, ni el Barça se acercó a lo primero, ni el Madrid se aferró a lo segundo.
La mentira sin final feliz
“El único equipo que jugó al fútbol fue el Barcelona”. Estas palabras fueron pronunciadas por Xavi Hernández a la conclusión de la Final de Copa que su equipo, el Barcelona perdió ante el Real Madrid. La frase esconde una prepotencia en forma de dogma; una imposición futbolística en la que la verdad absoluta es el juego del Barcelona. Sólo hay una manera legítima de jugar y una vía justa para ganar, la suya. Esta ideario ha sido comprado por la mayoría de los aficionados barcelonista, que no conciben otra manera de encarar los partidos más allá de la del Barcelona. Para empezar, este Barcelona y Guardiola no han inventado nada nuevo. Antes del equipo de Pep estuvieron Rinus Mitchel, la Holanda y el “Dream Team” de Cruyff, el Ajax de los 90 o la España de Aragonés, campeona de Europa antes de la llegada de Pep Guardiola al banquillo del Barça. Guardiola, grandísimo técnico, sólo ha añadido matices accesorios a una manera de entender el fútbol ya existente pero desconocida para la mayoría de una neo-afición culé fundamentalista, excluyente e ignorante de la Historia de este deporte. El fútbol del Barcelona tiene muchas virtudes prácticas además de estéticas. Es un juego poético; onírico y ornamental, cuidado y cultivado durante más de veinte años en la casa, en el que el desequilibrio principal viene marcado por la presencia del mejor jugador del planeta. Una idea romántica del juego en tiempos de huelga de idealistas. Reconocida y admirada unánimemente, la propuesta del Barcelona no debe desprestigiar ni empequeñecer las variantes de sus rivales como lo hace Xavi con sus palabras de mal perdedor. El fútbol ha demostrado que existen medios y caminos diferentes para encontrar un fin común: la victoria. La Historia ha dejado patente que hay alternativas válidas a la posesión del balón, las paredes, el juego altamente asociativo y todas las virtudes que hacen de este Barcelona un equipo irrepetible. El Real Madrid mereció la Copa del Rey al menos tanto como su rival, con argumentos diferentes y respuestas tácticas contundentes ante cada virtud del Barcelona. No permitió a la ‘máquina ofensiva’ disparar hasta el minuto 70, y le limitó a sólo tres disparos entre los tres palos. En la primera parte dominó todas las facetas del juego. Oscureció al Barça, lo desesperó, le desposeyó de sus señas de identidad y lo llevó al límite con una presión asfixiante, una idea cuidada de fútbol de contragolpe y un deseo de ganar que ya de por sí glorifica al fútbol y le hace merecedor del título. En la segunda el instinto de supervivencia, imprescindible para ganar títulos, y las manos del mejor portero del mundo le salvaron de momentos de mucho agobio. Ronaldo, un jugador tan anárquico como superlativo resolvió en la prorroga. La victoria del Madrid no representa un cambio de ciclo ni supone una mala noticia para el fútbol. Estas dos opciones son engañarse. Con una se engañan algunos madridistas y con la otra algunos barcelonistas. La victoria del Madrid sí que debe ser reconocida como una manera alternativa e igualmente válida de alcanzar un objetivo. Hay vida futbolística entre el tiki-taka del Barcelona y el concepto más radical de que el fin justifica los medios. El miércoles, empezando por Xavi, ni el Barça se acercó a lo primero, ni el Madrid se aferró a lo segundo.
La mentira sin final feliz
“El único equipo que jugó al fútbol fue el Barcelona”. Estas palabras fueron pronunciadas por Xavi Hernández a la conclusión de la Final de Copa que su equipo, el Barcelona perdió ante el Real Madrid. La frase esconde una prepotencia en forma de dogma; una imposición futbolística en la que la verdad absoluta es el juego del Barcelona. Sólo hay una manera legítima de jugar y una vía justa para ganar, la suya. Esta ideario ha sido comprado por la mayoría de los aficionados barcelonista, que no conciben otra manera de encarar los partidos más allá de la del Barcelona. Para empezar, este Barcelona y Guardiola no han inventado nada nuevo. Antes del equipo de Pep estuvieron Rinus Mitchel, la Holanda y el “Dream Team” de Cruyff, el Ajax de los 90 o la España de Aragonés, campeona de Europa antes de la llegada de Pep Guardiola al banquillo del Barça. Guardiola, grandísimo técnico, sólo ha añadido matices accesorios a una manera de entender el fútbol ya existente pero desconocida para la mayoría de una neo-afición culé fundamentalista, excluyente e ignorante de la Historia de este deporte. El fútbol del Barcelona tiene muchas virtudes prácticas además de estéticas. Es un juego poético; onírico y ornamental, cuidado y cultivado durante más de veinte años en la casa, en el que el desequilibrio principal viene marcado por la presencia del mejor jugador del planeta. Una idea romántica del juego en tiempos de huelga de idealistas. Reconocida y admirada unánimemente, la propuesta del Barcelona no debe desprestigiar ni empequeñecer las variantes de sus rivales como lo hace Xavi con sus palabras de mal perdedor. El fútbol ha demostrado que existen medios y caminos diferentes para encontrar un fin común: la victoria. La Historia ha dejado patente que hay alternativas válidas a la posesión del balón, las paredes, el juego altamente asociativo y todas las virtudes que hacen de este Barcelona un equipo irrepetible. El Real Madrid mereció la Copa del Rey al menos tanto como su rival, con argumentos diferentes y respuestas tácticas contundentes ante cada virtud del Barcelona. No permitió a la ‘máquina ofensiva’ disparar hasta el minuto 70, y le limitó a sólo tres disparos entre los tres palos. En la primera parte dominó todas las facetas del juego. Oscureció al Barça, lo desesperó, le desposeyó de sus señas de identidad y lo llevó al límite con una presión asfixiante, una idea cuidada de fútbol de contragolpe y un deseo de ganar que ya de por sí glorifica al fútbol y le hace merecedor del título. En la segunda el instinto de supervivencia, imprescindible para ganar títulos, y las manos del mejor portero del mundo le salvaron de momentos de mucho agobio. Ronaldo, un jugador tan anárquico como superlativo resolvió en la prorroga. La victoria del Madrid no representa un cambio de ciclo ni supone una mala noticia para el fútbol. Estas dos opciones son engañarse. Con una se engañan algunos madridistas y con la otra algunos barcelonistas. La victoria del Madrid sí que debe ser reconocida como una manera alternativa e igualmente válida de alcanzar un objetivo. Hay vida futbolística entre el tiki-taka del Barcelona y el concepto más radical de que el fin justifica los medios. El miércoles, empezando por Xavi, ni el Barça se acercó a lo primero, ni el Madrid se aferró a lo segundo.
15 Mar 2009
Victor Valdés, lo real y lo aparente
Parece que el Barcelona ha superado el bache de juego y resultados que encendió las alarmas de los más escépticos y ventajistas. El toque, el exquisito trato del balón, el rigor táctico y la maquinaria ofensiva vuelven a deslumbrar a toda España y Europa.
Durante el bache, muchas fueron las voces que se alzaron en contra del portero Víctor Valdés. El canterano, que si bien es cierto no cuajó sus mejores actuaciones sufrió, una vez más, la inquina de la crítica resabiada de aficionados y periodistas.
La verdad es que la vida de Valdés no debe ser fácil. Desde su debút, en la temporada 2002-2003, su trabajo se ha observado con lupa. Siempre bajo sospecha. Una vez tras otra, Valdés ha visto sus virtudes minimizadas y sus fallos exagerados. Le han reclamado hasta el agua que bebe del grifo.
La retina y el imaginario del aficionado no pasan página, y siempre vuelve la vista a ciertas ''cantadas'' supremas de Valdés que marcaron los albores de su carrera.
Porque si lo miramos bien, la crítica de Valdés no es unánime ni uniforme. No es un concepto, sino una aplicación concreta. Las críticas sobre Valdés tienden a caer en lo puntual. En ''aquella cagada contra el Valencia''. O en ''esa otra frente al Osasuna''.
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