La Reserva

Crónicas Mundanas

20 Feb 2014

Menú a la carta: de Iker a Scarlett

Escrito por: juanma-trueba el 20 Feb 2014 - URL Permanente


Advierto que esta entrada la han propuesto los lectores, de ahí lo variopinto de los asuntos en cuestión. Quien me quiera felicitar por una iniciativa tan democrática debe saber que lo que me impulsa en primer lugar es mi falta de imaginación; la democracia viene después. Los temas son demasiado caóticos como para ordenarlos, de manera que no malgastaré fuerzas en ello. Mientras escribo, también quiero apuntarlo, estoy viendo curling, un Canadá-Suecia, concretamente; femenino, naturalmente. Lo señalo porque todavía no se han medido los efectos del curling en el cerebro de los televidentes, pero me temo lo peor.
Esto me recuerda a la carta que escribió mi amigo Paco a una chica que le gustaba, allá en nuestra bulliciosa adolescencia. En la posdata, y a sugerencia mía (valga la inmodestia), recomendaba a la muchacha leer la carta con la misma música que había sido escrita, alguna canción de The Cars, si no recuerdo mal ‘Who’s gonna drive you home’. La joven, guapísima, pero de escasa sensibilidad musical, siguió sin dirigirle la palabra.

En fin, que me pongo a la tarea.

1. El compañero y sin embargo amigo Alfredo Matilla (no se pierdan su blog Míster Pentland) me propone que diserte sobre las opciones a los títulos de Madrid y Barça. Sin duda, me tiende una trampa. En ella caeré gustoso (ya me volverá el boomerang). A día de hoy, apostaría por el Madrid para ganar Liga y, probablemente, la Champions (con permiso del Bayern). Paso a explicarlo. En España, no hay plantilla más larga ni más fuerte. Tampoco hay defensa mejor en estos momentos. Por no hablar del arsenal ofensivo o de la progresión del equipo. No hace falta mucho más para imponerse en las 14 jornadas que restan. Entretanto, sus oponentes cojean de algún pie. Al Atlético se que le queda corta la plantilla y al Barça, la defensa. Demasiados problemas para ganar Liga o Champions. Suficiente, sin embargo, para que el Barcelona gane, o pelee de tú a tú, la final de Copa.
Matilla también me invita a comparar los canteranos de Madrid y Barça. No sabría decir cuáles son mejores porque todos son buenos, por eso mencionaré a los que me suscitan dudas. Bartra, el primero. Demasiado blando todavía para lo que requiere el puesto. Tello, por su parte, está perdiendo entusiasmo y filo, a base de no tener minutos. Jesé es estupendo, pero Rafinha no es peor. Deulofeu necesita volver y Morata precisa irse.

2. Ricardo me plantea el futuro de Casillas en el Madrid. Lo tengo claro: yo me iría en verano. Por orgullo y por ver mundo, para que el niño aprenda idiomas y algunos aprendan respeto. Inglaterra o el París Saint Germain serían buenos destinos.

3. Sobre los actores que me marcaron en la juventud (Javi) tendría que hacer memoria. No creo que ninguno me marcara en sentido estricto. Me gustaban muchos. La noche que casi palmo en un accidente de coche me disponía a ver ‘Adivina quien viene a cenar esta noche’. Ya saben: Spencer Tracy, la Hepburn, Poitier.... Suerte que me la grabó mi hermana y pude verla un mes después. En aquella época me impactó mucho James Mason, al que vi por vez primera en Operación Cicerón. Si aquellos tiempos eran mejores es porque en televisión todavía ponían películas en blanco y negro. No sólo por eso: las chicas de Porkys no tenían un gramo de silicona o bótox, todo era natural y desbordante (esto no habrá quien me lo rebata).

4. Pablo Rivas quiere conversar sobre tebeos, pero yo tengo poca conversación al respecto. Nunca he profundizado. Recuerdo escaparme del colegio San Viator para comprar tebeos de la Marvel en un kiosko cercano. Pero no me hice fiel a los superhéroes (con lo que molaría ahora). Lo mismo vale para Mortaledo y Filemón, la Rue del Percebe, Hazañas Bélicas y otros. Mi primo Nacho lo sabía todo de Asterix; yo ya empezaba a no saber nada de nada. De Tintín, ni rastro. El perrito me impedía tomármelo en serio.

5. Kyle es muy ambicioso y quiere que le dé la próxima plantilla del Barça, ardua tarea y bajo presupuesto. Lo intentaré. Ter Stegen (ya fichado) y Roberto (Olympiacos); Alves, Adriano, Alba, Montoya, Piqué, Bartra, Hummels; Busquets, Fábregas, Iniesta, Xavi, Sergi Roberto, Rafinha, Deulofeu; Messi, Neymar, Pedro y Tello. Salen Valdés (por voluntad propia), Pinto (por años), Song y Alexis (por razones obvias). Si alcanza el dinero para fichar a Reus, yo también lo haría. Y quizá un nueve de perfil bajo que no se interponga con el ego de Messi.

6. Y ahora, Modric. Gran temporada y excelente en los últimos partidos. Veremos en los siguientes. Reconociendo su talento y su magnífico momento, su delicado pase con el exterior, su dinamismo y proyección ofensiva, sigo viendo en él algo espumoso, volátil, inconsistente para el mediocampo. Pero es fácil que esté equivocado.

7. Alberto saca a colación Twitter y la valentía del anonimato. Cobardía, más bien, me atrevo a puntualizarle. En cualquier caso, el odio y la mala educación que proyecta Twitter de manera casi multitudinaria, dice poco de nosotros como sociedad. Hay demasiada gente deseando odiar.

8. Según creo entender, a Diego le gustaría una final de la Copa del Rey a doble partido, pero cuanto más lo pienso más convencido estoy de que no he debido entenderle bien. Una final debe jugarse a un partido. Seguro que se refiere a las eliminatorias previas. Y en eso estoy con él. La Copa tenía que ser más sensible a los milagros, más amable con los modestos, más distinta, en definitiva.

9. Por último, Lance Armstrong y la condición humana (Miguel). La historia es compleja y el final corre el riesgo de borrar lo anterior. Armstrong fue un tramposo e incluso más que eso: un matón, un mafioso. Sin embargo, su ejemplo como superviviente del cáncer que vuelve a subirse a una bicicleta, y que compite al primer nivel, sigue siendo válido. Su Fundación tampoco es mentira. Ni su inspiración para tantos enfermos. Eso es verdad. A mi modo de ver, su confesión pública ante Oprah también tiene valor. Al final dijo la verdad (o parte de ella) y aceptó que le avergonzaran delante de las cámaras y eso ya es mucho más de lo que han hecho otros. Quizá su única razón fue evitar la cárcel, pero se expuso, aun sabiendo que ese estigma le marcará siempre y le impedirá rehabilitarse por muchas vidas que viva. En último instante, fue digno.

10. La foto me la pide Marcos y a él me debo. Con ustedes, la señorita Johansson. Nuestra pasión, lo sospecho, tiene mucho que ver con las películas de Porkys antes citadas. Scarlett podría haber salido por cualquier ventana de cualquier pajar, perseguida por un granjero puritano o por media docena de pueblerinos muy poco puritanos. Sin silicona ni bótox. Qué tiempos los 80.

http://www.youtube.com/watch?v=zqC3KF3fT84

http://www.youtube.com/watch?v=DrgSzcctUyY

03 Feb 2014

Luis, aquel joven

Escrito por: juanma-trueba el 03 Feb 2014 - URL Permanente

Yo no conocí a Luis Aragonés. Quizá eso me convierta en un periodista deportivo único; habrá que conformarse con eso. Compartí un almuerzo en el que Luis era el protagonista, pero no creo que intercambiara palabras con él. Me imagino embobado ante su presencia, silencioso, observador, espía de los más mínimos detalles; la discreción es muy poco proactiva. Me quedó el recuerdo, eso sí, de un hombre imponente, en muchos aspectos, incluido el físico, similar a Fernando Fernán Gómez, al que tampoco conocí, y con el que ni siquiera compartí almuerzo. Luis tenía esa voz y esa autoridad. No se veía obligado a ser un tipo simpático. El humor era su única aproximación a la simpatía. Aragonés se sabía gracioso, como Fernán Gómez, como sólo pueden serlo las personas esencialmente serias.

Luis contaba con una legión de admiradores entre los periodistas. Muchos exhibían su amistad, o su cercanía (quizá esto sea más correcto), como el carnet de un club exclusivo. “Yo soy amigo de Luis”, repetían con frecuencia, presumiendo de un acceso personal, afectivo o sólo telefónico (quizá esto sea más correcto).

Como observador lejano, mi aproximación a Luis se produce, igual que para tantos, en la Eurocopa de 2008, cuando nos cambió todo. Se suele idealizar ese torneo y localizar en él la gloriosa explosión del tiqui-taca. Mi recuerdo no es tan idílico. España superó los cuartos por penaltis, sin jugar un gran partido, y fue después de eliminar a Italia, en semifinales, liberados de un complejo histórico, cuando la Selección descubrió su verdadera personalidad. Para ello fue necesario que Villa se lesionara en el minuto 34 y que Luis lo sustituyera por Cesc. La coincidencia de Fábregas con Xavi, Iniesta y Silva (escoltados por Senna) fue lo que nos dotó de un poder mágico sobre la pelota. Aquellos chicos eran capaces de tocar y tocar hasta superar los límites de lo visto hasta entonces. Allí se forjó la España campeona, la que levantaría después esa copa y las sucesivas.
Como todos los elegidos, Luis tuvo mérito y suerte.

Tiempo después se hicieron públicos los vídeos rodados por la Federación durante la concentración de España. Las charlas de Aragonés son fascinantes, por amenas, divertidas y precisas. Ningún otro discurso hubiera fijado la atención de los jugadores, y ninguno les hubiera calado tan profundo. Leemos en sus obituarios que Luis siempre fue un futbolista, que jamás perdió esa condición, pero yo diría que lo que siempre fue es joven. De ahí su capacidad para comunicarse con los jóvenes, para hacerse entender por ellos.

La inercia de aquella Eurocopa, y de aquel Luis, nos condujo a lo demás, nadie lo duda. Sin embargo, creo que los éxitos que vinieron, Mundial y otra Eurocopa, sólo fueron posibles gracias a que Del Bosque fue el continuador de su obra. Desde el primer instante se puso como objetivo no romper nada, no alterar el ambiente. Del Bosque actuó con la delicadeza de un buen padrastro sin que ello significara renunciar a su forma de entender el fútbol.

Yo no conocí a Luis, insisto, pero la conmoción causada por su muerte, el sentimiento general de pérdida, me hace ver que fue más profundo que grande, que el fútbol tiene memoria y que hay esperanza para nosotros, alguna.

05 Nov 2013

Hacerse mayor

Escrito por: juanma-trueba el 05 Nov 2013 - URL Permanente

Mi aproximación al mundo de los adultos fue tan traumática como la de cualquier otro niño. Me sentía perseguido por un mundo que me reclamaba besos y cabriolas, o que se empeñaba en interrogarme sobre cuestiones absurdas: elegir dramáticamente entre mi madre o mi padre, contarles si tenía novia o descubrirles qué quería ser de mayor. Esta última cuestión era quizá la más desconcertante, porque yo no sentía ninguna necesidad de hacerme mayor. Hoy, visto con cierta perspectiva, advierto que en aquellos tiempos alcancé cotas de sabiduría que no volvería a igualar jamás.

Sin embargo, un día estalló la primavera en forma de floridas espinillas, voz de gallo e incipiente bigote mexicano. Había dejado de ser un niño y la vida adquiría, de pronto, una velocidad inesperada. El sistema seguía empeñado en que tomara decisiones trascendentales sobre mi futuro y ya no había tiempo que perder. Ninguna elección ofrecía garantías, pero obligaba a un descarte perpetuo. Por allí se me perdieron el matemático, el físico, el profesor de griego, el bohemio pintor y tantas variantes de mi persona que no hubieran sido muy distintas de la actual o tal vez sí.

Mi aproximación al mundo de los adultos fue tan traumática como la de cualquier otro adulto. Para mi sorpresa, mi recién estrenado gremio no poseía ninguna certeza y casi ninguna razón. Nadie estaba revestido de autoridad moral y a casi nadie encontré adornado con el don de hacer justicia. Los adultos no eran profesores especializados en diversas materias, como algún día de máxima ingenuidad llegué a imaginarme. Sólo contaban con el mérito del dinero y del disimulo. Para añadir confusión, el mundo adulto invertía el orden del recreo: el héroe de antes era el marginado de ahora y el marginado de ayer se había convertido en el empresario del momento.

Teníamos motivos para encontrarnos perdidos. Mi generación, la que sea, ha sido la primera que no encontró ventaja alguna en eso que llamamos la independencia y el desarrollo personal. Para nuestros padres la mayoría de edad significaba una zambullida en un universo mejor: el primer sueldo, el primer Seiscientos, la primera libertad y, probablemente, las primeras escapadas románticas.

A nosotros eso nos vino de serie y sin esfuerzo: la paga, la moto, la primera libertad, el primer amor y los sucesivos. El problema es que, a fuerza de agarrarnos al niño que fuimos, nos costó muchísimo más despedirnos de él. El presente era simplemente peor que el pasado y del futuro qué decir. La encrucijada no sólo era laboral, sino emocional, romántica y existencial.

Creo que fue entonces cuando respondí las preguntas que forjan el camino de cada hombre. Primero determiné que quería igual a mi padre y a mi madre, y a ambos tanto y tan profundo que me resultará imposible explicárselo sin ahogarme; luego busqué a la novia de la infancia y, por último, decidí qué quería ser de mayor. Niño, me dije. Tener las televisiones encendidas, contar historias, hablar de fútbol, estar con amigos, vivir con una sola corbata y ver deporte a todas horas. De modo que me hice periodista. Después, los adultos, inconscientes, eligieron equipos y me dejaron jugar.

Hasta hoy.

08 Oct 2013

The Newsroom y el Real Madrid

Escrito por: juanma-trueba el 08 Oct 2013 - URL Permanente

“No, me considero republicano porque lo soy. Yo creo en las soluciones del mercado , las realidades de sentido común y la necesidad de defendernos de un mundo peligroso, y eso es más o menos todo. El problema es que ahora tengo que ser homofóbico. Tengo que contar el número de veces que la gente va a la iglesia. Tengo que negar los hechos y creer que la investigación científica es una gran estafa. Tengo que pensar que a la gente pobre se le está ofreciendo un dulce empujón. Y tengo que tener un complejo de inferioridad tan pasmoso, que tengo que temer a la educación y al intelecto… en pleno siglo XXI. Pero sobre todo, el más grande de los nuevos requisitos, en realidad el único requisito, es que debo odiar a los demócratas”. Así explica el periodista Will McAvoy (Jeff Daniels) su militancia republicana en el último capítulo de The Newsroom , una serie más que recomendable, aunque trate sobre periodistas.

El juego que propongo es cambiar “republicano” por “madridista”. Hecho el cambio, y modificados algunos argumentos políticos (que no éticos), un madridista podría tomar el mismo camino que McAvoy para explicar su militancia crítica e incluso independiente. Prosigamos el juego. “No, me considero madridista porque lo soy. Entiendo que los sentimientos se heredan y creo que debo un respeto al padre que me legó esa pasión y al niño que entretuvo tantas tardes pegado al transistor, gozando o sufriendo, al muchacho que se pasaba una hora en el autobús hasta llegar al estadio. Tan fiel soy a la nostalgia, que tengo por ciertos los valores que algún día se atribuyeron al club, y eso es más o menos o todo. El problema es que ahora tengo que ser florentinista. Tengo que desconfiar de los que cuestionan al presidente y aceptar cualquier decisión que tome, ya sea fichar a Mourinho o vender a Özil. Tengo que negar los hechos y aceptar que la prensa conspira para dirigir el Real Madrid. Tengo que pensar que ciertos espacios televisivos defienden las tesis de Florentino ‘espontáneamente’. Y tengo que tener un complejo de superioridad tan pasmoso, que me veo obligado a negar la evidencia de que el Madrid está perdiendo, en España y en el mundo, la batalla de la imagen y del cariño; también la del fútbol. Pero sobre todo, el más grande de los nuevos requisitos, es que debo odiar al Barcelona, y por extensión a Messi, exactamente igual que nos odiaban algunos barcelonistas hace 25 años, cuando nos temían y tenían por ciertos nuestros valores como equipo y como club”.

Y fin del juego. Ahora, retomemos la realidad.

20 Ago 2013

Valor y precio

Escrito por: juanma-trueba el 20 Ago 2013 - URL Permanente

Gareth Bale es un gran futbolista y lo escribo en primer lugar por si al segundo párrafo se me acusa de afirmar lo contrario. Tan bueno es, y tan poderoso físicamente, que recuerda mucho a Cristiano Ronaldo. Juntarlos en un mismo equipo sería como reunir a dos superhéroes en la misma historieta, un experimento fantástico. Contra la magia pitufa del Barcelona, multiplicada por la incorporación de Neymar, el Madrid opondría la fórmula contraria, reforzada por el músculo de Bale. No pintaría mal, desde luego.

El problema es que Bale cuesta cien millones de euros, riñón arriba, riñón abajo. Una cifra exagerada, porque, aunque el chico se parece a Cristiano, todavía está lejos de ser un jugador tan influyente y determinante. Y porque los tiempos no parecen propicios para semejante dispendio.

Asumo que la reflexión anterior es altamente impopular. Sacar el tema te convierte de inmediato en un triste aguafiestas. También, por supuesto, en un demagogo. Lo comprobé recientemente en Twitter. La sensación que me queda es que hay muchos aficionados del Real Madrid, incluso socios, que piensan que el fichaje mejorara a su equipo sin afectar a su bolsillo. Al fin y al cabo, paga Florentino (aunque lo correcto sería afirmar que paga el Madrid, y por tanto, ellos).

No he escuchado, y me sorprende, que ninguna peña de socios madridistas o agrupación de cualquier tipo solicite al club que el dinero de Bale, o una parte, se emplee en rebajar los abonos, o en construir en Valdebebas la casa del socio de la que tantas veces se ha hablado, o en techar el Bernabéu (promesa de largo recorrido), o en impulsar la Fundación. No conozco a madridistas sin carnet (eso que llaman simpatizantes, tan dignos como los socios) que, con el ahorro que significaría el descarte de Bale, reclamen una rebaja en el altísimo precio de las entradas. La verdad es que apenas he tenido noticia de voces discordantes. Que venga Bale. Paga Florentino.

Sí, soy un demagogo. Me lo recuerdan los más entusiastas: Bale sería una inversión que se amortizaría con títulos y camisetas. Además, me aseguran, el madridista paga gustosamente lo que sea menester con tal de ver a los mejores jugadores del mundo. Lo demás son zarandajas pseudopiadosas y demagógicas. Cosas de Trueba, marioneta ‘prisaica’ que trata de dinamitar el club porque los entrenadores ya no comen con los periodistas en el Txistu. Qué se puede esperar de un personaje así, defensor de Casillas y Del Bosque, y por todo ello, y en lógica consecuencia, probablemente rojiblanco, tal vez culé.

Y ahora, después de esta catarsis automutiladora, pasemos a otra perspectiva: ¿necesita el actual Real Madrid a Bale? Nunca sobran los buenos, desde luego, pero no parece que Bale (jugador con más pegada que circulación) sea la pieza clave para hacer funcionar al equipo. Su entrada en el once sacrificaría a un talento creativo (Özil o Isco), salvo que el galés empujara a la suplencia a Benzema, asunto que se antoja bastante improbable por razones que son conocidas y no vienen al caso.

Si el empeño es gastar cien millones, también se podrían emplear en la contratación de Luis Suárez y Agüero, por citar a un eficiente relevo de Benzema y a un genio con habilidad para todo, incluido abrir espacios. Quiero suponer que ellos serían capaces, igualmente, de vender algunas camisetas por el ancho mundo. Si la idea es contrarrestar con un nombre el nombre de Neymar y fascinar al planeta con una presentación mega galáctica, retiro lo dicho y me aplico a la búsqueda de una nueva conspiración.

No hace falta recordarlo, pero lo recordaré: expreso una opinión personal. Para el perverso negocio de la comunicación (ese que quiere mangonear en el Madrid, aseguran algunos) sería positivo que vinieran Bale, Suárez, Kun, Pocholo y Lady Gaga, todos al mismo tiempo. Total, paga Florentino.

13 May 2013

De bicis y crepúsculos

Escrito por: juanma-trueba el 13 May 2013 - URL Permanente


Lo siguiente es un post por sugerencia pública. Los temas han sido propuestos por amables tuiteros, en auxilio de este pobre escribiente sin asunto. Vayamos al tajo.

Ciclismo.
Diré que me gusta por herencia genética. Mi padre soñaba con ser corredor y mi abuelo paterno, según creo, fue juez de carreras ciclistas en Cantabria. No tenía escapatoria, pues. Y menos aún cuando, siendo un niño, me regalaron una bicicleta de carreras, un maillot naranja, un culotte negro y unas pequeñas zapatillas con calas. Todo hecho a medida y con riguroso mimo. Es fácil imaginar el espanto que me causó aquello. El uniforme oficial de ciclista (la lycra en general) es algo que sólo se puede asumir en la incipiente madurez. Ningún niño está preparado para vestirse como Nureyev y andar como un pato. Si les espeluzna la imagen, añadan una gorra con la visera levantada.
Sin embargo, por la felicidad de un padre uno es capaz de cualquier cosa. Incluso de pedalear de esa guisa. Juraría que sólo lo hice durante los veranos en Galicia, donde mi prestigio, ganado a pulso durante ocho años de inmaculada existencia, estaba protegido por el anonimato. En cuanto tuve ocasión, y con cierto disimulo, doné todo el aparataje al museo familiar que alimentan las madres en algún cajón escondido.
El proceso fue idéntico al que atravesé con Los Panchos. Después de escuchar boleros sin cesar en cada viaje veraniego (600, 850, GS Club, Renault 18), en la más tierna adolescencia me prohibí las guitarras, los lodos y las flores de la canela. Años después, y ante mi propio asombro, volví a ellas ocasionalmente como regresé a la bicicleta con lycra. A pesar de mi resistencia y de mi titánico esfuerzo por encontrar mi propia voz, no podía negar lo evidente: era un Trueba.
Actualmente, todos mis achaques físicos (no tantos, señoras) se arreglarían si saliera regularmente en bicicleta. Así me lo dijo un fisio argentino tan entusiasta que igual me hubiera convencido de pilotar un ala delta. Lo ideal, he pensado, sería ir a trabajar en bicicleta, pero el problema, como tantos, es logístico: ropa, distancia, sudores, horarios, asaltantes callejeros… Aunque debo confesar que existe otro inconveniente mucho mayor: la terrible vergüenza que me daría ser interceptado por algún conocido (o amigo de) con mi maillot del Bianchi y mis peludas piernas embutidas en un sugerente culotte negro. Por no hablar del casco achampiñonado. Lo dicho: en Galicia me resarciré. Y tan pancho.

El tardofranquismo.
Lo bueno del término tardofranquismo es que se explica solo: la última parte del franquismo (da gusto saber hablar latín). Quien me sugiere el asunto quiere expresar su indignación por el empleo de la palabra en este periódico, para definir, con una metáfora, a los nostálgicos del ordeno y mando (ya pueden imaginar el contexto). Personalmente, no lo encuentro inapropiado, aunque comprendo que se pueden sentir molestos los franquistas o los antifranquistas, cada uno con sus argumentos. El hecho, no obstante, nos sirve para enfocar otro fenómeno que han multiplicado las redes sociales: la conocida susceptibilidad patria. Hay gente que está deseando sentirse insultada para justificar así sus propios insultos. Valga un ejemplo personal: fueron incontables los improperios que recibí (y aún sigo recibiendo) por escribir en su día que Lass Diarra estaba incluido en el parte de bajas por un “embarazo psicológico”, expresión con la que quise explicar (sin éxito) sus evanescentes lesiones sin justificación médica. Escuché todo tipo de calificativos por aquello. Salvo tardofranquista.

Futbolistas comprometidos socialmente.
Haberlos, haylos, no tengo la menor duda. Lo complicado es determinar si el compromiso social debe estar acompañado de una manifestación pública o si basta con su práctica íntima. La cuestión cambia sustancialmente si hablamos de donaciones o de política. Y en ningún caso lo tengo claro. Gasol o Casillas presumen de su compromiso con África y estoy convencido de que la publicidad ayuda a los proyectos benéficos que defienden. La política es más delicada. Por muy sensatos que sean los argumentos de un deportista, siempre será acusado de su ventajosa posición social, o de su dinero, o de su fama. Volvemos a la conocida susceptibilidad patria.

Capitanes del Madrid que determinan salidas y entradas de entrenadores.
Sospecho que aunque el título parece de tesis doctoral, no hay casos con los que rellenar tantas páginas. Yo, al menos, no los conozco. Hasta donde yo sé, los presidentes tienen más influencia que los entrenadores en las grandes decisiones de los clubes, y aviso que según escribo la frase ya me estoy arrepintiendo de haberla empezado.

El crepúsculo de los dioses: de Gasol a Federer.
Me remito a una frase de la película del mismo nombre (Sunset Boulevard, en versión original). Alguien pretende adular a Gloria Swanson diciéndola que ella fue grande y la vieja actriz del cine mudo responde indignada: “¡Yo sigo siendo grande. Es el cine el que se ha hecho pequeño!”.

Fichajes.
También llamados salvavidas o salvapresidentes. Tienen en común que son caros. Y, en ocasiones, la cresta.

La misteriosa desaparición de Florentino a los mandos del club.
Corrijo, si se me permite: lo que ha desaparecido no es Florentino, sino los mandos del club.

03 Abr 2013

Hacerse mayor

Escrito por: juanma-trueba el 03 Abr 2013 - URL Permanente

El aficionado al cine y, en cierta medida, el aficionado al deporte asiste, con el paso de los años, a un hecho particular y conmovedor: el envejecimiento de sus héroes. Te haces mayor cuando los jugadores de tus cromos se convierten en entrenadores. El cambio no se asimila jamás. Yo, sin ir más lejos (disculpen la inmodestia, pero soy el ejemplo más cercano que tengo) sigo viendo a Schuster como el ángel exterminador que fue como futbolista. Cuando fichó por el Barcelona parecía salido de un cómic de la Marvel, Thor, concretamente. Era, al mismo tiempo, un centrocampista grandioso, adelantado a su tiempo (aún hoy lo sería), y un anuncio de Sunsilk (Timotei, si lo prefieren). El tipo que le suplanta ahora se le asemeja bastante, pero no puede ser él, es imposible. Buen trabajo, no obstante, del turista alemán que imita su voz y su ironía.

Con el cine, la experiencia resulta mucho más dramática. Quien se enamoró de Michelle Pfeiffer en los 80 se puede quedar paralizado por la conmoción si la observa ahora, desfigurada por las operaciones. Algo en nuestra cabeza sustituye de inmediato esa visión y la reemplaza por la que grabamos al ver Lady Halcón, o Cuando llega la noche, dos películas en las que está verdaderamente preciosa. Michelle es esa; la otra, su madre, tal vez su abuela. No hablemos ya de casos como el de Carrie Fischer, la mítica princesa Leia, a la que la mala vida y las operaciones han transformado directamente en una persona radicalmente distinta, vulgar por fuera, aunque mucho más hermosa por dentro (la Fischer se gana la vida burlándose de sí misma en los teatros, en una admirable psicoanálisis con público). Quizá Greta Garbo decidió ahorrar el trauma a sus fans cuando se retiró a los 36 años.

El actor que tiene la fortuna de alargar su carrera hasta la vejez está expuesto como ningún otro ser humano a la comparación permanente entre su juventud y su ancianidad. Una comparación desgarradora, en la mayor parte de los casos (Meryl Streep es la excepción). Paul Newman, probablemente el hombre más bello que ha dado el cine, no tuvo inconveniente en someterse a ese doloroso contraste y en los últimos años de vida ejerció como padre o abuelo de otros galanes que no le hubieran lustrado los zapatos en sus años mozos (Redford todavía se resiste a eso). Igual de doloroso es pensar qué algunos jóvenes sólo tendrán el recuerdo del Harrison Ford oxidado de estos últimos años, o del Pacino decrépito, o del De Niro abuelete. Debería ser de obligado cumplimiento que antes de ver Siete días y siete noches, pongamos por caso, los jóvenes disfrutaran de La Guerra de las Galaxias, o de las películas de Indiana, igual que habría que empezar por Taxi Driver o El Cazador antes de adentrarse en Los padres de ella.

He pensado muchas veces, en esas ensoñaciones que tiene uno y que no le llevan a ninguna parte, que los clubes de fútbol deberían comprometerse en la revisión constante de sus viejas glorias. Primero como lección a los jugadores actuales, que deberían distinguir con exactitud, y por contrato, a esos ancianos con los que coinciden en actos y presentaciones. Sería de enorme utilidad emocional que las estrellas de ahora supieran que lo que hacen y lo que nunca harán ya lo practicaban otros tipos hace 50 años. Resultaría productivo, y saludable, que antes de un gran partido, y finalizada su siesta, los futbolistas interrumpieran sus partidas en la Play para ver vídeos de jugadores históricos, partidos memorables que han forjado la identidad de los equipos de los que forman parte. Todo resultaría más lógico entonces, y más justo.

En eso, en la reverencia a las viejas glorias, el cine supera de largo al deporte y a casi cualquier actividad profesional. Cada ceremonia de los Oscar incluye un reconocimiento anual a los pioneros. En el fútbol, a los pioneros se les puede ver, con suerte, en alguna peña, en algún entierro, probablemente el propio, o en algún reportaje en sepia.

Yo, ya que se empeñan en hablar de mí, me sentí muy atraído por Helen Mirren, esa viejita que hace poco interpretó a la Reina de Inglaterra. Todavía me asombra que nuestros periodos de actividad sexual hayan podido coincidir en algún momento. Pero ocurrió. Seguramente por esa tara mental que arrastro me siento tan vinculado (es un decir) a mis actrices y actores coetáneos, a los que han cumplido años en mi misma franja horaria, a los que han envejecido al mismo tiempo, sin que ni ellos ni yo hayamos querido reparar en las arrugas del otro. Por eso todavía encuentro tan absolutamente arrebatadora a Julia Roberts, tan maravillosos a Ethan Hawke y Julie Delpy. Por eso, entre otras cosas, me cuesta tanto aceptar a Khedira. Porque yo vi a Stielike.

05 Feb 2013

El ciclista Jean Valjean

Escrito por: juanma-trueba el 05 Feb 2013 - URL Permanente

Si no te gusta el ciclismo o si no te gustan las bicicletas, no hay nada que hacer. Tus juicios y prejuicios son inabordables y te sobran las razones. Las bicicletas pinchan y los ciclistas son tipos que se afeitan las piernas; además los sillines son objetos de una agresividad insoportable. Visto así, no hay quien se acerque. El ciclismo sólo tienen sentido en eso que podríamos denominar la fase Verano Azul, edad infantil, vacaciones familiares, campo abierto y sillón de Motoretta. Podríamos discutir sobre tu rechazo existencial, pero la discusión terminará, y habrás vencido, en cuanto salga el asunto del doping, y tendrá que salir forzosamente. Entonces, probablemente, te burlarás y dirás que con “chupetín” tú también subirías el Alpe d’Huez, que así cualquiera, que si los yonquis con mallas de lycra; tal vez, hasta hagas algún chiste desternillante sobre el huevo de Armstrong.

Nada que oponer, ya no. El ciclismo tiene una vinculación histórica con el dopaje que arranca casi en el mismo momento en que nacen las carreras ciclistas. En 1924, en declaraciones al periodista Albert Londres (recomiendo su libro ‘Forzados de la carretera’, editorial Melusina, diez euros), los hermanos Pelissier admitían, en pleno Tour de Francia, que la cocaína, la estricnina y las pastillas formaban parte de la dieta de los corredores. Anquetil, el primer gran campeón, el primero en ganar cinco Tours, era poco amigo de los controles antidopaje, y hasta Merckx, el mejor ciclista que han visto los tiempos, fue descalificado del Giro que lideraba en 1969 por un positivo nunca aclarado; luego se desmintió su veracidad, pero siempre quedó la duda. Quien desee investigar encontrará casos en cada década.
La pregunta es inmediata: ¿Por qué nos sigue gustando el ciclismo? Bien, pues para empezar porque en algún momento y en algún lugar nos picó algún bicho. En mi caso heredé trágicamente la pasión de mi padre, al que hubiera gustado ser ciclista y al que acompañé durante muchos años de mi infancia a un kiosko de la Gran Vía donde vendían la revista francesa Miroir du ciclisme. Jamás pensé que por tanto ojearla me quedarían secuelas permanentes. Allí aparecían fotos de Ocaña, con los brazos llenos de costras, rodeado de belgas y franceses, subiendo algún puerto desconocido, congelados todos en una imagen de sufrimiento que bien hubiera podido ser el póster de cualquier película del Oeste. Entonces no sabía lo que ahora sé, pero ahora sé que aquello no era mentira. Ni lo es ahora. Independientemente de las pócimas de moda, el ciclismo es verdad porque no hay droga, anfetamina o café cargado que evite el sufrimiento extremo. No hay diferencias morales en el grupo de elegidos, sólo sutilezas químicas. Todos se conocen por fuera y por dentro, todos se retuercen igual, todos callan lo mismo.

Pensar que Armstrong, por citar un tramposo de referencia, ganaba por su acceso a una EPO más refinada que el resto de sus rivales me parece una simpleza. Si debe sentir vergüenza no es por sus compañeros de escapada, sino por los ciclistas que se quedaron atrás por ser íntegros; por el ciclismo, en general. Armstrong, de vuelta del cáncer (eso tampoco fue mentira) y dotado de una extraordinaria capacidad de liderazgo pudo ser el Espartaco con el que seguimos soñando: tenía autoridad moral, tenía carácter y tenía un talento nada despreciable. Lástima que eligiera ser matón antes que héroe.

¿Que por qué nos gusta todavía el ciclismo? Qué se yo. Tal vez porque habita en la misma frontera que el cine negro, donde no hay corazones puros ni se espera que los haya. Probablemente, porque no hay deporte igual, ni actividad tan prolongadamente extenuante, ni tortura que haya sobrevivido tanto tiempo; televisada en directo, además. No hay ciclista que no sea Jean Valjean. Y del mismo modo que el personaje de Víctor Hugo, en plena ruina física, robaba los candelabros de quien le acogió, el ciclista cae en la tentación del dopaje y pervierte la motivación última de quien se sube a una bicicleta: domar el sufrimiento.

Tom Simpson murió sobre la bicicleta por una fatal combinación de anfetaminas, alcohol y calor extremo. Se encontraba ante una de sus últimas oportunidades de ganar el Tour de Francia, presionado por el patrocinador y por su afán competitivo. Aquella tarde de 1967 el dopaje se descubrió como un veneno mortal. Casi medio siglo después, y muertos ciclistas como Jiménez, Pantani o Vandenbroucke, un inglés ha ganado el Tour de Francia en recuerdo de Simpson y en el seno de un equipo que es bandera del deporte limpio. Quiero creer que lo suyo es cierto. Esos corredores, en su mayoría, no han crecido a la sombra de los tenebrosos directores del viejo Continente, verdadero cáncer del ciclismo. Su irrupción es un soplo de aire fresco al que quiero agarrarme con la esperanza de que esta liana no termine conmigo en el río de los cocodrilos y los incrédulos. Me gusta el ciclismo, demasiado como arrepentirme o descolgarme. Es una pasión tan irracional como la que siente un adolescente por la chica que le ignora o le desprecia. Ningún amante se ha dado por vencido por una nimiedad así. Al contrario. El desafío es formidable y adictivo: algún día me corresponderá. En verano, probablemente.

22 Ene 2013

Armstrong y Norman Bates

Escrito por: juanma-trueba el 22 Ene 2013 - URL Permanente

Mentiroso, matón, déspota. Todo eso y mucho más. Armstrong ha confesado y se ha confirmado que es uno de los mayores fraudes en la historia del deporte. Nadie en su sano juicio se atreverá a defenderlo a estas alturas. Nadie, ni siquiera aquellos que lo siguieron haciendo después del informe de la USADA, casi todos españoles, bastantes ilustres. Sin embargo, Armstrong el tramposo eligió un método de confesión que le aporta cierta dignidad dentro de su impostura. Demos por hecho que estaba obligado a confesar, acorralado por la justicia. Demos por hecho que cobró un buen dinero y que estuvo asesorado en todo momento por su equipo de fantásticos abogados. Demos por hecho también que los tipos como él no cambian de un día para otro. Pero reconozcamos, puestos a ser justos, que de todos los modos de confesar, Armstrong eligió el más incómodo: tres horas delante de una periodista que no le hizo concesiones, tres horas expuesto a sus mentiras, a vídeos que incidían en su fraudulenta estupidez. Pudo emitir un comunicado oficial, o convocar una conferencia de prensa sin preguntas (muy de moda), o preparar una entrevista más amable. No lo hizo.
Parece seguro que mintió cuando dijo que a su regreso corrió limpio. Hay unos análisis sanguíneos que indican lo contrario. También lo sugiere el sentido común: Armstrong fue tercero en el Tour de 2009 con 37 años, después de tres retirado. Posiblemente mintió para escapar de algún proceso que todavía no ha prescrito o para conservar su nombre en el palmarés del Tour. Quién sabe.
Aquel regreso, por cierto, nos ofrece bastantes pistas sobre el personaje y su laberinto. Armstrong no concibe una vida sin competición ni enemigos. Compitió en una infancia sin padre, compitió contra el cáncer y compitió en la carretera con la misma obsesión casi asesina que compitió contra los controles y contra los críticos; últimamente sólo se dedicó a competir contra la verdad y es muy probable que a partir de ahora se aplique a la competición más extrema que pudo imaginar: luchar contra el repudio, contra el mayor desprecio que ha escupido el mundo a un deportista. Y ojo: no descarto que encuentre algún placer en este nuevo desafío.
Al volver al ciclismo, Armstrong regaló al ciclismo una imagen nunca vista, la del Armstrong derrotado. Ganó dinero, sin duda, pero ya lo tenía. Lo que le pudo fue el deseo de competir y ese deseo salvaje afloró en la entrevista cuando descubrimos que, de todos los castigos que le amenazan (penales, morales, económicos), el que más le duele es la inhabilitación como atleta. Apuesto a que daría la fortuna que le van a quitar por poder correr en la Clásica de Fresno, si tal cosa existe, y demostrar o demostrarse a sí mismo que no todo era mentira.
Si la entrevista de Oprah supone, a mi entender, uno de los momentos más relevantes de la historia del deporte no es por la confesión, o no sólo por ella, sino por la exposición prolongada a su propia psicopatía. Me importa poco que no diera nombres (espero que los dé ante el juez); lo que me importa es que el psicoanálisis del tramposo fue por vez primera televisado en directo. En un momento dado, Armstrong, que acaba de ver un vídeo donde niega cualquier acusación de dopaje, le dice a Oprah: “¿A qué doy miedo?”. Ahí está todo. Ahí están todos los tramposos, todos los que niegan la mayor, todos los que gimotean en defensa de una verdad que es mentira, ahí está el ciclista, el político, el ladrón. La conciencia no les remuerde porque prescinden de la conciencia. No son Maquiavelo, son Norman Bates. Armstrong, al menos, ha tenido el enorme valor de reconocerlo.

19 Nov 2012

Yo confieso

Escrito por: juanma-trueba el 19 Nov 2012 - URL Permanente

Me declaro culpable. De todo, en general. Soy periodista deportivo, no me gusta Mourinho y pongo las puntuaciones del Real Madrid en AS. Eso significa, por pura definición, riadas de odio, y no exagero el término. Hay quienes han deseado mi despido, un despido masivo en el periódico en el que trabajo, en el Grupo del que formo parte o un hundimiento comercial generalizado, insultos aparte. Para cierta gente, los periodistas son odiosos (por manipuladores y mentirosos), los periodistas deportivos son más odiosos si cabe (por manipuladores, mentirosos y culés o vikingos, según) y quienes interfieren malévolamente en el Comunio son los más odiosos de los seres que puedan existir.

Ayer mismo escribí un tuit en el decía: “Estoy indignado con los equipos que me han arruinado la quiniela. Manipuladores. No jueguen así con los sentimientos de la gente”. No había pasado un minuto cuando alguien me contestó: “Ahora ya sabes cómo nos sentimos los del Comunio”. Se confirma, una vez más, que la ironía no es una flor que se pueda cultivar en Twitter.

Sin embargo, el motivo de mi entrada tiene como objeto dar mi opinión sobre el Watergate (Watertrueba, en este caso) que ha destapado un experto documentalista, y con el que me han aseteado generosamente mourinhistas, antipiperos, antiprisaicos y demás tribus tuiteras, todas irritadísimas.

Les pondré en antecedentes, especialmente a mis habituales del bar, seguramente absortos por este truculento comienzo. Como saben, los fanáticos mourinhistas consideran cualquier crítica al entrenador como un ataque al Real Madrid, y por extensión a los valores de la civilización judeo-cristiana. El mismo efecto causa defender aquello que critica Mourinho. Por ejemplo, la cantera. Si pides minutos para Morata eres un dinamitero y un antimadridista, un demagogo: a quién quitamos listillo (esto último ha sido una amable recreación). La simplificación, ya lo advierto, es la base de la estrategia: si reclamas para un canterano los minutos de Altintop o Coentrao se te acusa de proponer a Jesé en lugar de Cristiano. La historia de la propaganda está plagada de ejemplos y estoy convencido de que nuestro experto documentalista sabrá encontrarlos.

Vayamos al caso. En un blog, de título En fuera de juego (http://en-fueradejuego.blogspot.com.es/2012/11/por-la-boca-muere-el-pez.html), alguien que dice estar contra “la prostitución intelectual” y que admite su falta de objetividad, recoge varios párrafos de un crónica de 2005 firmada por este su servidor (yo) en el que atizo sin piedad a la cantera. El Madrid acababa de empatar a uno contra el Valladolid y de ser eliminado en la Copa del Rey. Y aunque mis circunstancias personales no las recuerdo, es bastante posible que me hubiera dejado la novia o cazado un radar (ni así encuentro disculpa para el tono tan grave que empleo). Los canteranos que disputaron aquel partido y suspendieron fueron, según mi criterio, Arbeloa, Raúl Bravo, Javi García (17 años entonces) y Portillo; Pavón y Jurado estuvieron discretos y se ganaron una pica. A todos ellos se refiere mi crítica sin duda exagerada. No hablo ni de Borja Valero, ni de Mata, que acaban de llegar al Castilla, ni de Granero, que todavía no había cumplido 18. Si jugamos a las hemerotecas conviene hacerlo con rigor.

En el mismo blog se me critica por una contestación en una charla digital, donde destaco, entre mi escepticismo general, a dos canteranos, Soldado y Jurado, uno consagrado hoy en día como un gran delantero (del Valencia) y otro con la clase intacta, aunque de peregrinación por Rusia. Asimismo, cito una serie de jugadores que ficharía en 2006 para el primer equipo: Gerrard, Xabi Alonso, Cesc, Reyes, Joaquín, Robben, Zambrotta y Torres. De ellos, Alonso, Reyes y Robben acabaron vistiendo de blanco (tres de ocho). Gerrard estuvo tentado a hacerlo y sigo pensando que otros como Cesc, Joaquín y Torres (aquel Torres) habrían encajado perfectamente en el Madrid. Zambrotta, en cambio, resultó un fiasco tras su paso por el Barcelona. Mea culpa.

Supongamos, no obstante, que yo estuviera profundamente equivocado en el año 2005 y en el 2006. ¿Justifica eso que una medianía como Altintop reste minutos a los jugadores de la cantera? ¿Justifica eso que el Real Madrid pague 30 millones de euros por una lateral zurdo como Coentrao? No, no lo justifica. Los minutos de Altintop (pocos) deben ser empleados para probar las cualidades de futbolistas jóvenes de la casa, lo que no significa que se les regale el puesto, sino que se les ofrece una oportunidad para demostrar su talento. Lo mismo vale para Carvalho, renovado por capricho del entrenador pese a no contar para nada. ¿No sería más lógico que Nacho dispusiera de esos minutos? A eso es a lo que yo me refiero.

Los profesionales de la paranoia creen que existe una conspiración para derrocar a Mourinho, al que han convertido en bandera, al que se ha llegado a respaldar en el aberrante episodio del dedo en el ojo. Su argumento es que los entrenadores anteriores a él eran imbéciles y se dejaban manejar por la prensa. Su argumento es que la prensa muerde la mano que le da de comer, como si no existieran periodistas antes de Mourinho. No entienden, o no quieren entenderlo, que sería mucho más sencillo y productivo elogiar al Real Madrid en cada uno de sus pasos, masturbar al hincha que no piensa (ahora cito de memoria a Enric González). Lo que os fastidia, concluyen, es que no os conceda entrevistas. En el Txistu, mayormente.

Los fanáticos del Comunio llegan a la inquina por otro camino, pero el destino es el mismo: desbarrar. A ellos lo que de verdad les molesta es que les estropees el juego. Y digo juego, por si tienen a bien buscarlo en el diccionario. En su impotencia por la derrota (supongo que se habrán apostado algo tan valioso como un café o una paella), pretenden que algo tan subjetivo como las puntuaciones se ajuste por decreto a su manera de pensar, o al jugador que les gusta, o al que pudieron fichar. No ajustarse a sus pensamientos es incurrir en un pecado mortal, jugar con los sentimientos de un pueblo, robar el pan de sus hijos. Así reaccionan. Esta misma semana, un ofendidísimo jugador reclamaba mi despido fulminante dada mi incapacidad para puntuar a los futbolistas a su gusto. Y misivas parecidas reciben otros compañeros cronistas. ¿No les parece profundamente ridículo todo esto? ¿No detectan unas enormes ganas de amargarse? Y les diré algo que terminará de propagar el incendio. Quienes tanto fallan, se lo merecen. Después de doce jornadas y sabe Dios cúantas temporadas, no debe ser tan complicado predecir el rendimiento del jugador en combinación con las manías del cronista.

Asumo que nada de lo expuesto cambiará la opinión de los odiadores habituales, esos que utilizan Twitter para insultar a quien no tienen el placer de conocer ni habrían conocido de otro modo. Twitter reproduce el cóctel favorito para los energúmenos: masa y anonimato. De ahí el ruido. Sin embargo, a periodistas y lectores, nos sirve una oportunidad única para establecer contacto e intercambiar opiniones, para enriquecernos a partir de la coincidencia o de la crítica, pero siempre a partir del respeto.


PD: Disculpen mis amigos del bar. En Navidad invitaré yo a las copas. Literal.


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