Crónicas Mundanas
08 May 2012
La táctica del miedo
06 Mar 2012
Aproximación a los árbitros
13 Feb 2012
Los fantasmas del Barça
07 Feb 2012
Contador y las mentes abiertas
23 Ene 2012
Mourinho, entre Madrid y Estocolmo
Me pregunta un amable tuitero por qué odio a Mourinho y le respondo que discrepar no es odiar. Twitter obliga a ser sintético. Otro me interroga sobre nuestros deseos de echar a Mourinho. A este le tengo sin contestar, probablemente porque la respuesta me desborda los 140 caracteres. Trasladado a este foro, más apto más las explicaciones razonadas, diré que el despido de Mourinho, o su continuidad, no es asunto de mi competencia, ni influye en mi vida personal, ni soy representante de posibles candidatos a sustituirle, ni me impulsan secretas y maléficas intenciones. Si critico a Mourinho es, únicamente, porque discrepo de él, porque no me gusta su estilo, ni su desprecio a la discrepancia, ni su permanente agresividad, especialmente contra la Prensa, de la que formo parte. Tampoco me gusta su filosofía deportiva, representada en fichajes como los de Coentrao o Altintop, o en planteamientos tácticos como el del pasado miércoles. Deducir que soy antimadridista por pensar así es caer en un maniqueísmo que ha fomentado el propio Mourinho. Sospechar que con mi critica pretendo socavar los cimientos de la institución es un ejercicio de paranoia que convendría poner en manos de un especialista. Todo es más fácil, más claro, menos retorcido.
La última noticia es que Mourinho amenaza con marcharse del Real Madrid, que no se siente querido, o no suficientemente querido. Ya amagó con esto la pasada temporada. Y es probable que también lo hiciera antes en otros clubes. La impresión es que todas sus actuaciones están calculadas sobre la base de que todos los grandes equipos son iguales y sus aficiones parecidas, también sus periodistas. El pasado año alguien recordó que sus argumentos victimistas (nos atacan, nos persiguen) habían sido repetidos en el Inter y en el Chelsea. Los vídeos demostraban que sus conferencias de prensa eran casi calcadas, sólo cambiaba el idioma. Se le dio poca repercusión al asunto. Los árbitros le sirvieron la coartada perfecta.
Desde entonces me cuesta creer que Mourinho se maneje por reacciones espontáneas. Sospecho, y ahora espero no ser yo el paranoico, que hasta en las celebraciones de los goles trata de enviar mensajes, hacia dentro o hacia fuera. Basta un libro de psicología casera para reconocer su estrategia: la invención de enemigos exteriores refuerza los lazos del grupo. A partir de ahí, el líder se convierte en padre, confesor y referente. La invasión emocional ya está en marcha. Sólo queda alternar apoyos exagerados con críticas despiadadas para que el jugador sienta una absoluta dependencia de su entrenador. Síndrome de Estocolmo: quien me secuestra me rescata. Algunas relaciones sentimentales se fundamentan en los mismos principios. Y suelen terminar mal. O peor.
Eso sí, quien despierta del ‘encantamiento’ tiene problemas. Los tuvo Casillas, cuando llamó a Xavi para limar asperezas y su iniciativa fue censurada por el entrenador. Los tienen, en general, los españoles, más independientes y menos sumisos, campeones del mundo sin el asesoramiento de Mourinho. La reciente historia del topo confirma esa fisura. Y las fisuras se acaban transformando en grietas. De ahí la caza de brujas.
Es un librillo, dirán algunos. De acuerdo. Pero los que discrepamos tenemos derecho a criticar un sistema que parte de una convicción errónea: no todos los equipos son iguales, ni sus aficiones, ni los periodistas. En Inglaterra Mourinho no tenía la presión mediática a la que está sometido en España. Allí sus arrebatos se perdían entre las extravagantes páginas de la prensa amarilla. En Italia se encontró con un equipo capaz de vender su alma al diablo por volver a tocar
El Madrid, sin embargo, es distinto. No sólo se acompaña de una considerable presión mediática (bien pagada, para los entrenadores que la sufren), sino que además viene con la gloria incorporada. Al Madrid no se le ‘rescata’ con una Copa del Rey.
Créanme. No odio a Mourinho (odiar es odioso), ni pretendo su despido, nada gano y nada pierdo. Sólo espero que al Madrid le vaya bonito y, a poder ser, que no prosiga en su empeño de motivar al Barcelona. Sólo eso.
09 Ene 2012
Carta a los amigos del Comunio
El Comunio es un juego tipo mánager de creciente popularidad que se rige por las puntuaciones de los cronistas de AS, gentileza esta que se agradece, pese a todo. No hace mucho, el efecto del Comunio se limitaba a los divertidos comentarios de algunos jóvenes compañeros de la Redacción enfrascados en el juego. Desde que Twitter es compañero de nuestras vidas somos bastantes los cronistas (todos los que tenemos Twitter) que recibimos comentarios que van del simple apunte técnico a las acusaciones de tongo, pasando por amables peticiones de despido con remite a nuestro director. Lo airado de las críticas termina por resultar sorprendente. Lo que es en origen y en esencia una valoración subjetiva se considera un insulto si no es favorable hacia los futbolistas elegidos por el concursante quejoso. Y no sólo se me acusa, en mi caso de personal, de no tener la más mínima idea de fútbol (asunto que podríamos discutir), sino que también se me señala como obstinado odiador o defensor de determinados jugadores, siempre por razones oscuras y perversas. El único objeto de análisis, lo aclaro, son las picas que acompañan las alineaciones. Que uno haya escrito, por ejemplo, que Marcelo es el jugador más desequilibrante del equipo, por delante incluso de Cristiano Ronaldo, no quita para que un día, después de recibir una solitaria pica, alguien se pregunte si tengo algo personal contra Marcelo, o si es contra Özil, pues lo de Khedira ya lo sabe todo el mundo. Quien sea nuevo en estos terrenos no imagina el desconsuelo y la profunda ofensa personal que expresan estas personas a las que arruino, semanalmente, el juego. De nada sirve que les recomiende un nuevo enfoque del Comunio, y que a las sesudas variables deportivas añadan las volubles voluntades de los cronistas. Resultaría divertido. Pero nada.
Y no sólo los concursantes se atormentan con las puntuaciones. Muchos se asombrarían al conocer la importancia que les conceden los propios futbolistas, a los que se puede destripar en el texto siempre y cuando se les alivie con un par de picas. En sentido contrario, de nada sirve elogiar el futuro de un futbolista si se le castiga con un cero. Imagino que la obsesión por las puntuaciones, extensible a otros personajes ilustres que me rodean y se contienen (a veces), procede de la trascendencia que concedíamos a nuestras calificaciones escolares, donde el número lo llenaba todo y devoraba las consideraciones profesorales: siempre nos importó más el aprobado que el talento. Es curioso. En este agitado mundo del periodismo deportivo se admite cualquier diversidad y extravagancia siempre que no afecte a las puntuaciones de un partido. Eso es sagrado, por lo que se ve.
Aunque mis compañeros me aconsejan que pase por alto el asunto, me gustaría explicarme una vez más, quizá la última. ¿Qué puntuación pondremos, pongamos por caso, al jugador que jugó bien la primera parte y mal la segunda? En teoría, una sola pica, la que indica el regular. Sin embargo, la última impresión prevalece y muchos reclamarán el cero, dado lo penoso de sus últimos 45 minutos. Cuando menos, nos costaría ponernos de acuerdo. También tendremos problemas al calificar al jugador que estuvo por debajo de su nivel, cuando su nivel es alto. Así, no se puede aplicar la misma vara de medir para Cristiano que para Geijo, dicho sea sin faltar. Si el primero tiene tres ocasiones y las falla, diremos que estuvo mal, pero si las disfrutó el segundo habremos de valorar su colocación y olfato. El último partido del Madrid, frente al Granada, nos ofrece situaciones que admiten varias perspectivas. Özil dio tres asistencias y fueron muchos los que reclamaron una mayor puntuación que la regular y solitaria pica. De esas tres asistencias una fue de córner, otra de leve churro y la tercera no tuvo un mérito especial (siempre a mi juicio). En mi opinión, y pese a la opulenta estadística asistencial, Özil no estuvo especialmente bien, por debajo, sin duda, de su talla natural. Y descarten cualquier tipo de animadversión personal o fobia a Buster Keaton: Özil me suele gustar. Keaton, también.
Para otros lo indignante es que Dani Benítez acumule las mismas picas (dos) que Higuaín. Volvemos al argumento anterior. Tanto mérito tiene la predisposición de uno como la efectividad del otro. Y así se justifica que un equipo que perdió tenga las mismas picas que uno que ganó, ya que el Real Madrid puede ganar jugando mal y otros sólo pueden perder dignamente si han jugado muy bien. Confío en que se entienda, no es difícil.
Dicho lo cual, en ocasiones también me equivoco, y asumo que estar pendiente de la tecla me resta la misma visión de juego que otros pierden al alcanzar un panchito, beber una birra o repiquetear en Twitter. Algo muy similar.
De modo que, amigos, amémonos. Practiquemos la crítica si nos relaja, pero, por favor, no volvamos a caer en el inútil ejercicio de preguntar por qué tal puntuación y por qué no tal otra, porque de tanto insistir provocaremos la respuesta que tanto trata de evitar el pobre y solitario cronista: porque me dio
07 Dic 2011
Carlovich o Manolo
02 Nov 2011
Sobre los insultos
Si algo ha caracterizado este lugar de encuentro en sus más tres años de vida es su capacidad para autorregularse, depurarse y sobrevivir a las muchas amenazas que rondan a cualquier espacio abierto al público. Aquí se han congregado, y todavía se congregan, buenos conversadores, finísimos analistas, algún poeta y, en general, aficionados al deporte que comparten, más que un escudo, un punto de vista. Siempre que los informáticos del periódico me han sugerido la posibilidad de cribar los comentarios para descartar aquellos que resultaban ofensivos he rechazado la idea. Aquellos que se han colado para insultar, provocar o ser simplemente atendidos han terminado por marcharse con su ruidosa música a otra parte. El problema es que han vuelto. En los últimos días, personas a las que molestan los comentarios aquí expresados han rebuznado con improperios de una vulgaridad patética. Y eso resulta imperdonable. Ya dijimos en las bases fundacionales de este bar que aquí no gusta la ofensa personal, pero si esta ha de producirse, debe acompañarse de un cierto esfuerzo por la metáfora y la brillantez. No ha sido el caso.
Analizar la psique de quienes ingresan en un club donde se sienten incómodos y discrepantes daría para una tesis doctoral. A quien le irrite este lugar sólo le podemos invitar a marcharse y buscar un entorno más afín, que seguro lo encontrará, hay gente para todo. Pero quedarse para insultar desde el anonimato es fundir en una sola las aficiones del boyeur y las del descerebrado. Si entre mis fobias personales estuviera el cine polaco no se me ocurriría meterme en los foros que lo ensalzan para disparar insultos detrás de una tapia. Sería infantil, si es que existen niños tan tontamente retorcidos y reincidentes.
Acepto que la propuesta es arriesgada. Hablar todos y hacerlo de todo, no dejar casi nada libre de burla, incluido el Trueba ausente y fundador (magníficas las Plazas Menores, maldito Pekirrojo). Confesarse, abrirse, forofear, demonizar el periodismo deportivo, poetizar y hasta publicar biografías por capítulos. Alternar con gente normal y con cierto número de tipos brillantes, cada vez más brillantes. Imagino que es fácil sentir envidia. Lo entiendo. Pero más fácil es tomar asiento y pegar la hebra. Rebatir, oponerse, esgrimir, forofear y, si lo desean, poetizar. Crónicas, contracrónicas, metacrónicas, microcrónicas. Prueben los que insultan, ensayen nuevos métodos de usar la cabeza, tal vez acaben por sentirse a gusto. Por cierto, me gusta esa expresión de “supermercado de la letra”, la apuntaré, si se me permite.
El otro error de los insultadores con antifaz ha sido arremeter contra Somos. No diré que por él mato, estaría feo citar a la Esteban; sólo señalaré que sus aportaciones son esenciales en la personalidad de este foro. Su tono y sus conocimientos, también sus opiniones, son una permanente invitación a dialogar, sin que sea necesario estar de acuerdo con algo. Gente así, trasladada a un campo, no deja de servir buenos balones.
En Twitter ocurre que quien te insulta un día se muestra más templado cuando te tomas la molestia de responderle educadamente, y mucho más comprensivo aún a la segunda contestación, casi hermanos en la tercera referencia. Ojalá aquí suceda lo mismo. Tómense los discrepantes este texto como una mención personal. Sus insultos han sido recibidos. Y no gustan. Empecemos de nuevo…
03 Oct 2011
Octubre, octubre
Si septiembre es un domingo de 30 días, octubre es… la madrugada del lunes. Digamos que a partir de las tres de la mañana, según nos aproximamos al despertador, se estropea la fiesta. Digamos que a partir del viernes anuncian frío pelón. Adiós resaca del verano. La única ventaja que se me ocurre, a bote pronto, es que tendremos un abrigo donde guardar teléfono y cartera. Es terrible eso de llevar móvil y documentación en los bolsillos del pantalón. Es aparatoso, cuando no obsceno. Y la bandolera, alternativa legal, es un complemento demasiado próximo a la riñonera, accesorio criminal. Frío, pues. Y sin previsión de lluvia, lo que nos sitúa en el peor de los escenarios posibles, pues uno ni siquiera puede disfrutar de la brumosa melancolía del otoño. Solazo gélido y traidor, reclamo de virus varios.
Ni una línea de deportes, ciertamente, pero ya advertimos en su día que este espacio sería cajón de sastre y cajón desastre (cuántas habrá sido repetido este flojísimo chiste), de modo que eviten los reproches y las impaciencias. Por cierto, tengo un amigo escritor con el que trato de quedar regularmente para tomar café (yo, té): él quiere hablar de fútbol y yo de libros. Me ocurre más veces, casi todas. En cualquier reunión social siempre hay alguien ansioso de entablar conmigo tertulia futbolera. Como si esperaran de mí alguna revelación fabulosa, o un buen cotilleo, quizá hasta un mal cotilleo. Me temo que no tardo en decepcionarlos, pero lo disimulan y en la siguiente reunión vuelven al ataque, por si me he enterado de algo. Barajo seriamente la opción de inventarme relatos increíbles, aunque enseguida lo descarto. Tengo muy mala memoria para ser mentiroso. Sólo ese defecto me confiere una cierta virtud. Podría cambiar de versión cada media hora y comportarme así como algunos (bastantes) imaginan a los periodistas, especialmente a los periodistas deportivos.
Ha nacido un magazine en Internet llamado Jot Down (www.jotdown.es) que dedica parte de sus contenidos a lo que llamaríamos “los medios”. Hasta ahora ha publicado interesantes entrevistas con Enric González, David Gistau, Alfredo Relaño, Santiago Segurola… Todos ellos reflexionan, con mayor o menor profundidad, sobre el periodismo deportivo. Resulta interesante, al menos teóricamente interesante. En cualquier caso se trata de amplias entrevistas que dibujan buenos retratos de los entrevistados, por no hablar de las magníficas fotos que los acompañan.
Me temo, en general, y sin referirme a estos ilustres nombres, que los periodistas nos ponemos demasiado trascendentes cuando hablamos de nuestra profesión y de nosotros mismos. Dicho lo cual, enhorabuena para el emprendedor que se atreve con una aventura periodística semejante en estos tiempos sombríos (aunque soleados).
De la Liga, qué decir. Que se va decantando mientras rinde entrañables homenajes a los plebeyos que se cuelan en el guateque. Ojalá el Málaga, el más armado de estos espontáneos, resista, pero tengo la impresión de que sus resultados van por delante de su juego; supongo que al equipo le falta tiempo de cocción. De algo no hay duda. Lo mejor de la pasada jornada fueron los goles. La calificación de cada uno de ellos daría para un debate de los que empalman comida con cena y cena con desayuno. Personalmente, utilizo un baremo que me funciona. Se trata de preguntarme qué goles hubiera podido marcar yo, mediocre futbolista aficionado (y eso, en mi mejor momento). Veamos. Seré honesto: el de Baptista se me hubiera escapado alto. Seré más sincero aún: impactar con el balón lo hubiera considerado un mérito extraordinario, incluso no romperme la espalda. Marcar ese gol por la escuadra en el último minuto no entra dentro de mi imaginación, sólo de mis ensoñaciones. Un diez, por tanto. Y otro para el gol de Pedro León, que golpeó con la peor de sus piernas y consiguió un tanto maravilloso e imparable. El de Íñigo Martínez también fue excepcional. Sin embargo, creo, y sonará fatalmente arrogante, que de esos te entra uno de cada cien (o mil o un millón, depende). La diferencia con los anteriores es que, en los otros, el común de los mortales no llegará siquiera a contactar con la pelota.
He dicho. Y ahora me dispongo a tomar un tren con Manolete. No, no es que vayamos a asaltar el tren de Penhalm. Nos vamos a montar en él, a cogerlo, y ya se puede observar que no hay verbo ferroviario que no tenga terribles connotaciones. De esas experiencias transiberianas podría salir una novela. O una nivola, que diría Don Miguel.
13 Sep 2011
El decálogo
Reflexiones post-veraniegas (si me salen diez lo llamaré decálogo).
1. Lo de Madrid y Barçan sigue igual, que nadie se engañe. La diferencia, de existir, no afecta a la esencia de cada equipo. El Madrid era fuerte y ha decidido ser más fuerte aún. Fuerte de músculo, pulmones y carácter. Coentrao incide en esa fortaleza. Un jugador físico, de mucho correr. Otro marine que moriría por Mourinho. Los cuerpos más etéreos ya han abandonado el equipo (Pedro León y Canales); Kaká sobrevive a duras penas. Y el problema no es suyo, no enteramente. Kaká estaría mucho más cerca de ser el que fue con otro entrenador. Bastaría con que le dieran confianza y libertad. Pero que no le pidan ser un decatleta porque él es simplemente un futbolista. Nota: la permanencia de Lass en el equipo demuestra que la férrea disciplina del entrenador es una ley con excepciones. Pocos futbolistas (presidentes y humanos en general) han chuleado tanto a Mourinho sin recibir represalias. Al contrario: Lass, ya lo advierto (estoy pitoniso), acabará siendo el compañero de Xabi Alonso en la alineación titular.
El Barcelona, que ya jugaba bien, ha apostado por jugar mejor. Es una especie de obsesión por la excelencia, muy loable si no fuera porque Guardiola ha olvidado reforzar la defensa y fichar a un delantero centro rematador (tipo Larsson; mejor aún Forlán). Eso sí, el fichaje de Cesc significa que el equipo multiplica sus alternativas atacantes, y ya eran muchas. El Barça, rey en la horizontal, gana verticalidad y ahorra tiempo. Cesc superará los diez goles en Liga y el próximo año luchará por los premios a los mejores futbolistas del año. Se admiten apuestas (otra cosa será que se paguen).
2. Mourinho merece capítulo aparte. Hace poco hemos leído que denuncia una conspiración en su contra. Sus palabras me recordaron un afinadísimo artículo de Solari en El País, después del ‘incidente’ con Vilanova. El exfutbolista citaba a Jorge Fontevecchia (Diario Perfil, 30-04-11): “El paranoico siempre tiene razón. Presume que alguien lo va a atacar y para defenderse lo ataca primero. El atacado, también para defenderse, devuelve la agresión. Y el paranoico confirma su teoría: querían atacarlo”. Pese a todo, son muchos los que creen que Mourinho no está dominado por su complejo paranoide, sino que es profeta de una revolucionaria estrategia militar. Cada uno es libre de pensar que lo que quiera. Sólo espero que mis pasadas y futuras tonterías, exabruptos y pataletas sean juzgadas tan benévolamente: Trueba no es maleducado, es tímido; Trueba no es imbécil, se lo hace; Trueba no es un déspota, es un motivador; Trueba no es Trueba, es Mourinho.
2. Lo de la Liga escocesa tampoco sufre alteración a pesar del conato revolucionario de Del Nido. Los clubes están atados por contratos que firmaron voluntariamente y se gobiernan con una Liga inoperante que ellos mismos han elegido. Mal asunto. Sólo la unidad les podría rescatar, y tal vez sea más factible una invasión alienígena. Esperemos, no obstante, que algún día el dinero de la televisión se reparta con más sensatez y que los clubes incapaces de afrontar sus deudas desciendan. Sin apaños. Entretanto viviremos una Liga que podría estar cavando su propia tumba, aunque lo mismo pienso de los programas del corazón y ya llevan más de un lustro excavando su sepultura sin que parezca que tengan intención de acostarse allí.
3. El ciclismo, a pesar de los pesares, sigue gozando de buena salud. Por lo menos, hasta el próximo escándalo. El Tour resultó divertidísimo aunque lo ganó un australiano y nada nos une a los australianos salvo las ganas de estar allí. En la Vuelta, la victoria de Cobo ha resultado algo más desconcertante. No se le esperaba. Y tampoco tiene la ganzúa de las personalidades encantadoras o los rostros inspiradores (qué buen pasaporte es la belleza, puñetas). Pero conviene recuperar el equilibrio. La obligación del aficionado y del periodista debe ser entusiasmarse con las proezas y escandalizarse con los escándalos. Cada cosa a su tiempo, sin dar nada por supuesto. Si dejáramos de enamorarnos por miedo al dolor que causan las rupturas (algunos lo hacen) acabaríamos viviendo en un jaula de oro, seguros, pero tremendamente aburridos.
4. El baloncesto se haya en pleno campeonato de Europa y esta reflexión será la primera en pasar de moda. La Selección ha jugado muy bien en algunos partidos, especialmente contra Lituania, que se nos vuelve a aparecer en el horizonte. Sin embargo, el equipo deja la sensación de que tiene ganas de divertirse y el entrenador hace lo posible por evitarlo. Se ve que prefiere el rígido sistema al flower power. El razonamiento sería sensato en un equipo cualquiera, pero en uno con tan estupendos jugadores la mejor válvula de escape del talento parece la felicidad, no la pizarra. Casualidad cósmica: mientras escribo tengo abierto El Mundo por una página con una entrevista a Baresi: “El Barcelona se divierte, esa es la gran diferencia”.
5. Y ahora, la Selección de fútbol, ya clasificada para la Eurocopa. Durante el amistoso contra Chile, y mientras duraba la tunda chilena, varios tuiteros reclamaron la fulminante destitución de Vicente del Bosque y se mostraron irritadísimos con mi defensa del seleccionador. El argumento predominante era que Del Bosque se ha aprovechado de la herencia de Luis. Según esos críticos tuiteros, España ganó el Mundial a pesar de Del Bosque, queriendo indicar, imagino, que la Selección debió golear a Holanda en la final y repartir parecidas palizas en su camino hacia el título. Bien. Eso es lo que dura la gloria en este país.
6. La verdad es que me resulta interesantísimo Twitter como espejo de una parte de la sociedad, y recalco lo de una parte, porque el riesgo es pensar que en Twitter se manifiesta la sociedad entera. Creer tal cosa sería tan estúpido como medir el sentir de una afición por las pancartas que se cuelgan en el estadio, o por los gritos de un sector del público. Twitter es un totum revolutum y quizá por eso mismo me sorprende la cantidad de gente educada con la que me encuentro, inmensa mayoría en comparación a los que me mandan a esparragar, que nunca faltan y que, por cierto, suelen ser mourinhistas en “defensa del Real Madrid”. Algún día alguno me explicará quién demonios ataca al Real Madrid. O tal vez debamos recuperar la teoría del paranoico.
7. Sobre el conflicto de las radios debo decir que soy parte interesada, de modo que no haré esfuerzos por ser imparcial, porque resultará inútil. Entiendo mal, eso sí, que se deba pagar por lo que nunca costó y estoy seguro de que si el pago ofrece en compensación una mayor disponibilidad de los deportistas, los medios pagarán con gusto. Por cierto, ¿deberían los diarios borrar la publicidad de las camisetas de los futbolistas cuando publican sus fotografías? ¿Podrían reclamar dinero por esa publicidad gratuita? La historia interminable.
8. En la cuestión de los horarios también soy parte interesada y perjudicada. Los cierres del periódico resultan infernales con partidos a las diez de la noche. Pero al margen de ese perjuicio al gremio, considero un despropósito social programar tan tarde los partidos. Para empezar, los niños quedan fuera de juego. También las personas de orden y madrugón. Y las audiencias no respaldan la tropelía. Se ve tanto un partido a las 20:30 como uno a las 22:00. La verdadera motivación es ocupar el prime time y machacar a la competencia. Caiga quien caiga.
9. La penúltima no es de fútbol, sino de cine. Quien no haya visto todavía Pequeñas mentiras sin importancia debe localizar cuanto antes el cine que la proyecte todavía. Más que una película, es un regalo. Una historia sobre amigos, amores, veranos, risas y llantos. Como la vida misma, si en la vida misma paseara Marion Cotillard.
10. Llego exhausto al punto décimo (todo sea por el decálogo). Y algo desconcertado. En la tele donde aparecía El Bisonte ahora puedo ver a Yul Brinner, que es otro tipo de calvo. Si hubiera justicia en el mundo y en el Vaticano, San Yul sería el patrón de los calvos. Pero no la hay.
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