La Reserva

Crónicas Mundanas

08 May 2012

La táctica del miedo

Escrito por: juanma-trueba el 08 May 2012 - URL Permanente

Imagino que existirán artículos de afamados psicólogos al respecto de este título, pero si los busco en Internet acabaré por perderme en cuestiones banales. No hay tiempo y, aunque lo hubiera, suele ser más recomendable ejercitar el magín. Allá va, por tanto. Le decía no hace mucho a un amigo que la filosofía de Mourinho tiene menos recorrido que la de Guardiola porque no hay grupo que soporte la presión constante. En eso se basa su estrategia motivadora: nos odian (los periodistas, los árbitros, los rivales…), nos desprecian (los mismos), y hemos de unirnos para sobrevivir y vengarnos. Da resultado, su palmarés lo demuestra. Sin embargo, el desgaste también resulta evidente. De eso hablamos cuando decimos que los exequipos de Mou se suelen quedar secos. No es pena por su adiós, es simple agotamiento psicológico. Tampoco es casualidad que los ciclos triunfales de Mourinho sean de dos años, o que él insista en los éxitos de la segunda temporada, pero nunca hable de la tercera. No hay cabeza humana que resista por más tiempo. El experimento que afrontará a partir del verano con el Madrid será de enorme valor científico.
El modus operandi de Mourinho no es tan novedoso como algunos piensan. Hay bastantes personas que reniegan de la felicidad como ambiente propicio para el éxito. Se suele tratar, es fácil deducirlo, de gente escasamente feliz. De modo general, y sin ánimo de personalizar, podríamos decir que las frustraciones vitales generan frustrados permanentes y es asombroso el empeño de los frustrados por encontrar venganza en la edad adulta. El consejo llega tarde para nosotros, pero será de utilidad para las generaciones venideras: ten cuidado a quien das collejas en el colegio porque puede acabar siendo tu jefe.
Ignoro cuál fue la intensidad de las collejas que recibió Mourinho en su infancia, o de qué son metáfora, pero al simple observador se le aparece su época de segundo entrenador del Barça como un periodo considerablemente frustrante. Estoy por asegurar que después de ganar la liga en cuatro países diferentes y un par de Champions todavía le escuece lo de “traductor”, y tampoco descarto que aquel desprecio (injusto, por cierto) haya resultado decisivo en el impulso que le dispara. El despecho mueve más montañas que la fe.
Se suele citar a Guardiola como antítesis de Mourinho, pero no es completamente verdad. Su auténtico reverso es Del Bosque. Su modo de gestionar desde el ‘buenismo’ demuestra que se puede ser campeón del mundo propiciando ambientes felices (y aquí abro paréntesis: no me olvido del talento como ingrediente básico, pero la felicidad y el respeto son caldo de cultivo para la confianza, y desde ella crece el talento). ¿Piensa alguien que el Seleccionador hubiera tenido tantos reconocimientos institucionales y sociales si en lugar de Del Bosque hubiera sido Clemente? No, claro que no. Tanto como el título, o más incluso, se le reconoce el milagro de ser buena gente.
Leí no hace mucho que el Papa Gregorio (no me pidan el dorsal) admiraba extraordinariamente a un ministro italiano porque no sonreía jamás. Aquello me hizo reflexionar sobre la magnífica prensa que tienen desde tiempo inmemorial los tipos malhumorados. Quizá venga, en origen, de la incapacidad de esos seres para encontrar diversiones que les realicen y a menos diversiones más tiempo tienen para dedicar al trabajo. Quién sabe. La paradoja, no obstante, sigue ahí: mientras las empresas más vanguardistas fomentan la imaginación creativa de sus empleados y los cuidan como bonsáis, todavía hay quien sospecha de los empleados cuando ríen al mismo tiempo.
Me critican, de tanto en cuanto, por mis críticas a Mourinho y me acusan de no reconocerle los méritos que le adornan. Y los reconozco. Otra cosa es que los recuerde a cada paso. Esto no lo hago, lo confieso. Pienso, sencillamente, que sus logros con el Madrid no justifican sus modales, ni compensan el perjuicio que causan sobre la imagen del club. Una Copa la ganó Floro y una Liga la ganó Schuster sin que se abrieran los cielos y bajara un coro de ángles. Llegado a este punto de la argumentación mis amigos mourinhistas (que los tengo) me dicen que aquellos equipos no se midieron al mejor equipo de la historia (sólo se refieren así al Barça cuando me rebaten), a lo que yo opongo que esos pobres entrenadores tampoco dispusieron de los recursos que tiene Mou para combatir a ese Imperdio del Mal que es el Imperio del Bien.
Y qué demonios: Mourinho falta al respeto a los periodistas con una insistencia insoportable, y por poco corporativista que yo sea, es mi deber criticarlo y hasta combatirlo. Supongo que el día que quienes ven a la prensa como una especie de CIA conspiradora comprendan que el periodismo es un gremio atomizado y tan disperso como la multitud de la calle Preciados, encontraré más adeptos a mi causa. De la misma manera que yo veré mis argumentos reducidos el día que Mou afronte con valentía una semifinal de Champions.
No tengo, por tanto, nada personal contra Mourinho. Lo mío es una oposición al modelo que representa y al camino que sugiere, retuerce que algo queda. Se puede ganar de otra manera. Y, sobre todo, de vivir de otro modo.




06 Mar 2012

Aproximación a los árbitros

Escrito por: juanma-trueba el 06 Mar 2012 - URL Permanente

Demos por buena la controvertida teoría de que los árbitros también han sido niños. Partiendo de esta base, hagamos un esfuerzo, habremos de suponer que el niño árbitro es aficionado al fútbol y seguidor, por tanto, de algún equipo. La fría estadística nos sirve para avanzar otro paso: el niño árbitro es del Real Madrid, del Barcelona o del equipo de su ciudad, caso de que esta tenga equipo en Primera o la frecuente. A estas elecciones básicas seguirían el Atlético, el Betis, el Athletic, etc. Es decir, el niño árbitro, antes de vestirse de gótico y aprender solfeo, no se distingue de los otros niños: juega al fútbol, esencialmente mal, y dibuja el escudo del club de sus amores en la contratapa de los libros de texto.
Igual que sucede con los cachorros de las distintas especies, el drama del niño árbitro llega con el inevitable crecimiento. El amor al fútbol sufre su primer desengaño y el muchacho árbitro debe elegir entre el fútbol que le rechaza, las mujeres que le ignoran y la ciencia que le huye. Mientras sus compañeros, en la misma tesitura, se aplican al normal acoso de las mujeres, el muchacho árbitro dirige su asedio hacia el fútbol que le rechaza. Entonces, sometido a una diatriba existencial, se hace formalmente árbitro. Tanta es su necesidad de estar próximo al balón y a los líderes futboleros, que, tras fracasar como lateral derecho y portero, el muchacho árbitro propone su reubicación como juez de la contienda recreativa. Y triunfa, no sin atravesar un rápido pero duro aprendizaje. La primera enseñanza es que la permanencia en el cargo se relaciona íntimamente con su buena relación con el poder. Si el muchacho árbitro escamotea dos penaltis al compañero cacique es más que probable que no vuelva a pitar jamás y pase el resto de sus recreos jugando al backgammon con el delegado gafotas. En este sentido, la habilidad del árbitro para congraciarse con la jefatura es algo que no se pone en duda: la practica desde la adolescencia.
Ahorremos más detalles del proceso iniciático y situémonos (sin protestar) ante el árbitro vestido de negro. Pocos disfraces hay tan parecidos al de sheriff. Pocas indumentarias tan influyentes en la psique de sus portadores. Al igual que el sheriff o el policía, el árbitro dispone de autoridad y armas. La comparación no es forzada. Una tarjeta, amarilla o roja, tiene el mismo efecto una porra o una pistola: hiere o fulmina.
El solemne juez está investido, pero no será imparcial ni tatuándose el platillo de una balanza en cada glúteo. Siempre le pesará más el corazón. Ni el mayor esfuerzo consciente podrá con el impulso inconsciente de favorecer a su equipo o a sus amigos (incluyan jefes) o, en casos más disculpables, al equipo de su amada, incluso al de su esposa.
En tales condiciones, que a todos afectan, reclamar imparcialidad a un árbitro es un empeño quimérico. Y ciertamente injusto. Un árbitro no difiere en esencia del previsible jurado plurinacional de Eurovisión y votará (juzgará) en base a simpatías (antipatías) recientes o históricas. Sin tomar una dirección concreta (en ocasiones el Festival lo gana Azerbayán), pero repitiendo siempre la misma inclinación: guayominí, 12 points.
¿Qué nos cabe esperar, por tanto, de los árbitros? Para empezar, que favorezcan sin decidir. Que atiendan a las reglas del mínimo decoro y que no trasladen sus frustraciones diarias al terreno de juego. Es decir, que no expulsen a troche y moche porque un tipo les cae mal, o porque se levantaron con el pie izquierdo, o porque fulanito mira torcido.
En el fondo, lo que cabe esperar de un árbitro es, a grandes rasgos y en esencia, lo mismo que cabe esperar de un periodista. A esa singular especie de frikis estará dedicada mi próxima entrada. Tipos extraños que, un buen día, decidieron no ser árbitros.

13 Feb 2012

Los fantasmas del Barça

Escrito por: juanma-trueba el 13 Feb 2012 - URL Permanente

Vayan aquí varias reflexiones sobre el Barcelona y su presunto derrumbe. Empezaremos por lo más reciente, el partido en Pamplona. La segunda parte confirmó, por si todavía era necesario, que la plantilla del Barça es corta, que a Guardiola le mata el romanticismo dieciochesco y que Alexis Sánchez no es el crack que se esperaba. Digamos que el chileno se diferencia poco de Pedrito, lo que le deja en buen futbolista, no diré otra cosa, pero no le hace trascender al reino de las grandes figuras. El asunto es más grave si Alexis juega de delantero centro. Entonces no es siquiera la mitad de sí mismo, aunque meta goles de vez en cuando (lo hizo en el Bernabéu, no lo olvido). Resulta sorprendente que el Barcelona/Guardiola se empeñara en colgar balones al área para remontar a Osasuna, cuando la probabilidad de que alguno alcanzara a Alexis giraba entre lo remoto y lo imposible. No es aventurado suponer que al Barça le hubiera ido bastante mejor con Ibrahimovic de delantero, por no decir Etoo y por no olvidar a Villa, que tampoco encaja en la figura de un nueve clásico aunque sí sea un goleador. Se puede comprender que Guardiola se desprendiera de delanteros tan tóxicos para el grupo como Ibra o Etoo, pero no se entiende que no los reemplazara por un honorable jugador con las mismas características. Al no hacerlo, el Barça se hizo esclavo de un único discurso: entrar tocando. Y no todos los días son fiesta.
La incongruencia se hace más patente con la última cosecha de canteranos. Tello y Cuenca son jugadores de banda muy aptos para suministrar balones al delantero centro que no existe. Tello, por cierto, es un jugador más hecho, técnico e incisivo que Cuenca. Más asesino, valga la expresión.
Sería una injusticia clamorosa, no obstante, cargar a Alexis Sánchez con el mochuelo. Él no es más que una parte del problema. Si Messi estuviera inspirado no hubiéramos tenido ocasión de reparar en Alexis. O en la inmadurez de Sergi Roberto. Pero no lo está. Messi ha entrado en uno de esos bucles de los que sólo te puede sacar una autoridad superior. Messi precisa que le detengan y que le sienten, que le inviten a reflexionar tal y como se hace con los niños pequeños. Messi, lo recuerdo, tiene 24 años y está lejos de saberlo todo.
Sin Messi (sin el mejor Messi) y con Xavi e Iniesta en el banquillo el Barcelona deja de ser el Barcelona. Añadamos también la suplencia de Cesc. En semejantes condiciones sólo cabía aspirar a un bonito entierro en la tundra pamplonesa. Y eso ocurrió. Derrota, adiós a la Liga y lección de impotencia.
Analizadas las piezas sueltas, la responsabilidad general debe recaer en Guardiola. El entrenador del Barcelona ha preferido, esta temporada, ser ético antes que competitivo. Vaya en su descargo que se lo permite después de haber sumado trece títulos (de 16). Sin embargo, la vida sigue y los aficionados no se toman años sabáticos. Ahí está lo reprochable. Guardiola ha descuidado tanto el físico de la plantilla en favor de la ideología que ha servido en bandeja el campeonato al Madrid más físico (y menos ideológico) que se recuerda.
Dicho lo cual, al Barcelona le quedan Champions y Copa. Y haría bien en fijar esos objetivos como únicos y fundamentales. Si Guardiola dedica lo que queda del campeonato de Liga a formar jóvenes talentos de la cantera y dosificar los esfuerzos de sus estrellas, incrementará sus opciones de triunfar en la Champions. El peligro será el rubor de una escandalosa diferencia de puntos en relación al Madrid y la inquietante proximidad del Valencia. La buena noticia para el Barça es que la plantilla sólo daba para competición y media y eso, no más, es lo que debe afrontar ahora.
La última referencia debe estar centrada en el carácter progresivamente cambiante de Guardiola. Es una evidencia que las derrotas le humanizan y hasta le embarran (también le ocurría como jugador), pero eso no debe restar méritos a la respetuosa actitud (ejemplar, diría) que ha tenido durante tanto tiempo. Hay otros que ni siquiera en la victoria consiguen apaciguar sus demonios.
Queda en manos de Guardiola, por tanto, transformar la pérdida de la Liga en una ventaja. Las eliminatorias de Champions son carreras cortas donde no importa tanto el físico, esfuerzos localizados donde sigue mandando el talento, eso que le sobra al Barça cuando no se lo deja en el banquillo.

07 Feb 2012

Contador y las mentes abiertas

Escrito por: juanma-trueba el 07 Feb 2012 - URL Permanente

El objeto de esta entrada es aclarar, en lo posible, cuestiones que se plantean con insistencia en relación a la sentencia del TAS contra Alberto Contador. Lo primero, y quizá más sustancial, es matizar el principio de presunción de inocencia. Evidentemente, cualquier persona es inocente hasta que se demuestre lo contrario, pero cuando existe una prueba inculpatoria, y según dicta el derecho deportivo, es obligación del afectado demostrar su inocencia. Y la prueba, en este caso, es el clembuterol, sustancia prohibida hallada en el cuerpo del ciclista. La situación no es tan rara. Si cualquiera de nosotros supera el límite en un control de alcoholemia tendrá que demostrar a la policía que no consumió alcohol, sino bombones de licor, por poner un ejemplo un poco chusco que citaba ayer mismo un tuitero. Este razonamiento, por lo demás muy sencillo, debería descartar los lamentos de quienes denuncian que se ha sentenciado a Contador sin pruebas. Hay pruebas: los controles positivos.
Tal y como destaca la sentencia, lo juzgado no fue nunca la existencia o no del positivo (demostrada y aceptada por el corredor), sino el origen de esa sustancia prohibida. Las hipótesis eran tres: la transfusión sanguínea, el suplemento contaminado o el filete de Irún. E insisto en el término hipótesis, pues las tres teorías eran posibles aunque indemostrables en su totalidad. La razón es que en este proceso no había cadáver, ni pistola humeante ni testigo directo. Como escribió Alfredo Relaño en su editorial, “Contador se había comido la prueba…”. Lo único que se podía establecer, por tanto, era la más probable de las hipótesis y dictaminar en consecuencia. Eso se hizo.
Acogido a una figura común en el derecho anglosajón (“el balance de probabilidades”), el TAS estimó como más probable la teoría del suplemento alimentario, ya sea en forma de barritas energéticas o complejos vitamínicos, en ambos casos con clembuterol. Y fue generoso. ¿Por qué? Porque el TAS dejó en segundo plano dos hechos de máxima relevancia. El primero, explicado en el punto 16 (aconsejo que se lea la sentencia completa, véanla en AS.COM), señala que en un control anterior a la presunta ingesta de carne ya se detectaban restos de clembuterol que, aunque mínimos, desmontarían la teoría del filete. En lugar de recalcar ese dato, el TAS prefirió centrarse, con voluntaria o involuntaria elegancia, en la ausencia de antecedentes de clembuterol en la carne española, a diferencia de lo que ocurre con China y México, países que se relacionan con los recientes casos de clenbuterol entre deportistas. El otro punto revela la existencia de restos plásticos en la sangre en proporción mucho mayor de la que se considera normal, lo que apoyaría la tesis más lúgubre de las planteadas: la de la autotransfusión
Bien, dejemos ahí la sentencia y vayamos a la sanción. El resumen es que Contador es desposeído del Tour 2010 y del Giro 2011 y que podrá volver a correr en agosto. Sin duda, perder los dos títulos es doloroso y traumático, y hasta podríamos discutir la legalidad en el caso del Giro, que se corrió dentro de las normas y pasando los controles oportunos. Dicho esto, la opción de correr en agosto le permite aprovechar la temporada y minimizar los daños de una sanción que es verdaderamente terrible cuando mantiene al ciclista parado durante dos años. Es por ello que no percibo en el TAS deseos de hacer sangre, valga la expresión.
Y ahora, apartemos los papeles. ¿Qué hacer? Muchos plantean la necesidad, casi exigencia, de defender a nuestros deportistas de las insidias extranjeras. Es una opción. Contador es un campeón español, un chico estupendo (lo parece, realmente) y la suya es una historia de superación que le tuvo entre la vida y la muerte. Eso importaría más que la rocambolesca aventura del filete o el positivo. Alberto comió una barrita de cereales en mal estado, o vaya usted a saber si envenenada por un avieso francés. Ya se sabe que los ciclistas no pueden tomarse ni una aspirina sin dar positivo. Aclararé, por si acaso, que las dos frases anteriores son irónicas.
El problema es que ante esa reacción tan ‘patriota’ (de la que participan muchos políticos, por lo que puedan pillar) se genera otra reacción igual de ‘patriota’ desde Francia. La irreflexión llama a la irreflexión y algunos medios franceses (algunos) desbarran y ponen en duda todos los éxitos del deporte español. Y ya está montada. Tipos como Noah alimentan los argumentos de quienes declaran la cruzada españolista, y la bola de nieve se hace cada vez más grande. La sinrazón domina con cada parte agarrada a su pequeño pedazo de razón.
Mi opinión personal es que no nos persigue nadie, salvo cuando nos da por correr despavoridos. Entonces otros corren por reacción instintiva. Tampoco saben hacia dónde. Adoro el ciclismo desde que siendo un niño mi padre rastreaba Madrid para comprar el Miroir du Ciclisme, revista de referencia que conocerán bien los más puretas. Mi apellido y mi origen familiar me relaciona con el primer corredor que ganó el Premio de la Montaña en el Tour, y no encuentro muchos placeres superiores a una tarde de primavera o verano con etapa reina. Mi aspiración, y espero no parecer muy pomposo, es la salvación del ciclismo, no de los ciclistas españoles. En cierto modo porque supondrá mi salvación como aficionado. Que en otros deportes se dopan, pues vale. Pero yo no pierdo el sueño por un touchdown. Esos deportes que fabrican supermanes no son mis deportes de la infancia y en los otros “los suplementos contaminados” se diluyen con la importancia del talento. A mí me importa el ciclismo, la emoción que me transmite y me gustaría seguir contándola sin fingir.
¿Y saben algo? No creo que nadie sea campeón por haberse dopado. La prueba es la absoluta comprensión que reciben los sancionados por parte de sus rivales. Pienso que, al igual que en la Guerra Fría, ningún ciclista propicia el desarme por temor a ser devorado. Por el rival o por el ‘amigo’. Los directores son los de siempre, las licencias propiedad de los viejos gurús y el sistema de retroalimenta, esta vez sí, con carne contaminada. No habrá solución sin ventanas abiertas. Y no habrá ventanas abiertas sin mentes abiertas.

23 Ene 2012

Mourinho, entre Madrid y Estocolmo

Escrito por: juanma-trueba el 23 Ene 2012 - URL Permanente

Me pregunta un amable tuitero por qué odio a Mourinho y le respondo que discrepar no es odiar. Twitter obliga a ser sintético. Otro me interroga sobre nuestros deseos de echar a Mourinho. A este le tengo sin contestar, probablemente porque la respuesta me desborda los 140 caracteres. Trasladado a este foro, más apto más las explicaciones razonadas, diré que el despido de Mourinho, o su continuidad, no es asunto de mi competencia, ni influye en mi vida personal, ni soy representante de posibles candidatos a sustituirle, ni me impulsan secretas y maléficas intenciones. Si critico a Mourinho es, únicamente, porque discrepo de él, porque no me gusta su estilo, ni su desprecio a la discrepancia, ni su permanente agresividad, especialmente contra la Prensa, de la que formo parte. Tampoco me gusta su filosofía deportiva, representada en fichajes como los de Coentrao o Altintop, o en planteamientos tácticos como el del pasado miércoles. Deducir que soy antimadridista por pensar así es caer en un maniqueísmo que ha fomentado el propio Mourinho. Sospechar que con mi critica pretendo socavar los cimientos de la institución es un ejercicio de paranoia que convendría poner en manos de un especialista. Todo es más fácil, más claro, menos retorcido.

La última noticia es que Mourinho amenaza con marcharse del Real Madrid, que no se siente querido, o no suficientemente querido. Ya amagó con esto la pasada temporada. Y es probable que también lo hiciera antes en otros clubes. La impresión es que todas sus actuaciones están calculadas sobre la base de que todos los grandes equipos son iguales y sus aficiones parecidas, también sus periodistas. El pasado año alguien recordó que sus argumentos victimistas (nos atacan, nos persiguen) habían sido repetidos en el Inter y en el Chelsea. Los vídeos demostraban que sus conferencias de prensa eran casi calcadas, sólo cambiaba el idioma. Se le dio poca repercusión al asunto. Los árbitros le sirvieron la coartada perfecta.

Desde entonces me cuesta creer que Mourinho se maneje por reacciones espontáneas. Sospecho, y ahora espero no ser yo el paranoico, que hasta en las celebraciones de los goles trata de enviar mensajes, hacia dentro o hacia fuera. Basta un libro de psicología casera para reconocer su estrategia: la invención de enemigos exteriores refuerza los lazos del grupo. A partir de ahí, el líder se convierte en padre, confesor y referente. La invasión emocional ya está en marcha. Sólo queda alternar apoyos exagerados con críticas despiadadas para que el jugador sienta una absoluta dependencia de su entrenador. Síndrome de Estocolmo: quien me secuestra me rescata. Algunas relaciones sentimentales se fundamentan en los mismos principios. Y suelen terminar mal. O peor.

Eso sí, quien despierta del ‘encantamiento’ tiene problemas. Los tuvo Casillas, cuando llamó a Xavi para limar asperezas y su iniciativa fue censurada por el entrenador. Los tienen, en general, los españoles, más independientes y menos sumisos, campeones del mundo sin el asesoramiento de Mourinho. La reciente historia del topo confirma esa fisura. Y las fisuras se acaban transformando en grietas. De ahí la caza de brujas.

Es un librillo, dirán algunos. De acuerdo. Pero los que discrepamos tenemos derecho a criticar un sistema que parte de una convicción errónea: no todos los equipos son iguales, ni sus aficiones, ni los periodistas. En Inglaterra Mourinho no tenía la presión mediática a la que está sometido en España. Allí sus arrebatos se perdían entre las extravagantes páginas de la prensa amarilla. En Italia se encontró con un equipo capaz de vender su alma al diablo por volver a tocar la gloria. Qué importancia tiene la buena educación ante semejante objetivo. Escasa.

El Madrid, sin embargo, es distinto. No sólo se acompaña de una considerable presión mediática (bien pagada, para los entrenadores que la sufren), sino que además viene con la gloria incorporada. Al Madrid no se le ‘rescata’ con una Copa del Rey. La ganó Floro. Ni con una Liga. La ganó Schuster. Ni siquiera con una Copa de Europa. La ganó Heynckes. Para hacer historia en el Real Madrid hace falta muchísimo más. No, los valores no son mentira.

Créanme. No odio a Mourinho (odiar es odioso), ni pretendo su despido, nada gano y nada pierdo. Sólo espero que al Madrid le vaya bonito y, a poder ser, que no prosiga en su empeño de motivar al Barcelona. Sólo eso.

09 Ene 2012

Carta a los amigos del Comunio

Escrito por: juanma-trueba el 09 Ene 2012 - URL Permanente

El Comunio es un juego tipo mánager de creciente popularidad que se rige por las puntuaciones de los cronistas de AS, gentileza esta que se agradece, pese a todo. No hace mucho, el efecto del Comunio se limitaba a los divertidos comentarios de algunos jóvenes compañeros de la Redacción enfrascados en el juego. Desde que Twitter es compañero de nuestras vidas somos bastantes los cronistas (todos los que tenemos Twitter) que recibimos comentarios que van del simple apunte técnico a las acusaciones de tongo, pasando por amables peticiones de despido con remite a nuestro director. Lo airado de las críticas termina por resultar sorprendente. Lo que es en origen y en esencia una valoración subjetiva se considera un insulto si no es favorable hacia los futbolistas elegidos por el concursante quejoso. Y no sólo se me acusa, en mi caso de personal, de no tener la más mínima idea de fútbol (asunto que podríamos discutir), sino que también se me señala como obstinado odiador o defensor de determinados jugadores, siempre por razones oscuras y perversas. El único objeto de análisis, lo aclaro, son las picas que acompañan las alineaciones. Que uno haya escrito, por ejemplo, que Marcelo es el jugador más desequilibrante del equipo, por delante incluso de Cristiano Ronaldo, no quita para que un día, después de recibir una solitaria pica, alguien se pregunte si tengo algo personal contra Marcelo, o si es contra Özil, pues lo de Khedira ya lo sabe todo el mundo. Quien sea nuevo en estos terrenos no imagina el desconsuelo y la profunda ofensa personal que expresan estas personas a las que arruino, semanalmente, el juego. De nada sirve que les recomiende un nuevo enfoque del Comunio, y que a las sesudas variables deportivas añadan las volubles voluntades de los cronistas. Resultaría divertido. Pero nada.

Y no sólo los concursantes se atormentan con las puntuaciones. Muchos se asombrarían al conocer la importancia que les conceden los propios futbolistas, a los que se puede destripar en el texto siempre y cuando se les alivie con un par de picas. En sentido contrario, de nada sirve elogiar el futuro de un futbolista si se le castiga con un cero. Imagino que la obsesión por las puntuaciones, extensible a otros personajes ilustres que me rodean y se contienen (a veces), procede de la trascendencia que concedíamos a nuestras calificaciones escolares, donde el número lo llenaba todo y devoraba las consideraciones profesorales: siempre nos importó más el aprobado que el talento. Es curioso. En este agitado mundo del periodismo deportivo se admite cualquier diversidad y extravagancia siempre que no afecte a las puntuaciones de un partido. Eso es sagrado, por lo que se ve.

Aunque mis compañeros me aconsejan que pase por alto el asunto, me gustaría explicarme una vez más, quizá la última. ¿Qué puntuación pondremos, pongamos por caso, al jugador que jugó bien la primera parte y mal la segunda? En teoría, una sola pica, la que indica el regular. Sin embargo, la última impresión prevalece y muchos reclamarán el cero, dado lo penoso de sus últimos 45 minutos. Cuando menos, nos costaría ponernos de acuerdo. También tendremos problemas al calificar al jugador que estuvo por debajo de su nivel, cuando su nivel es alto. Así, no se puede aplicar la misma vara de medir para Cristiano que para Geijo, dicho sea sin faltar. Si el primero tiene tres ocasiones y las falla, diremos que estuvo mal, pero si las disfrutó el segundo habremos de valorar su colocación y olfato. El último partido del Madrid, frente al Granada, nos ofrece situaciones que admiten varias perspectivas. Özil dio tres asistencias y fueron muchos los que reclamaron una mayor puntuación que la regular y solitaria pica. De esas tres asistencias una fue de córner, otra de leve churro y la tercera no tuvo un mérito especial (siempre a mi juicio). En mi opinión, y pese a la opulenta estadística asistencial, Özil no estuvo especialmente bien, por debajo, sin duda, de su talla natural. Y descarten cualquier tipo de animadversión personal o fobia a Buster Keaton: Özil me suele gustar. Keaton, también.

Para otros lo indignante es que Dani Benítez acumule las mismas picas (dos) que Higuaín. Volvemos al argumento anterior. Tanto mérito tiene la predisposición de uno como la efectividad del otro. Y así se justifica que un equipo que perdió tenga las mismas picas que uno que ganó, ya que el Real Madrid puede ganar jugando mal y otros sólo pueden perder dignamente si han jugado muy bien. Confío en que se entienda, no es difícil.

Dicho lo cual, en ocasiones también me equivoco, y asumo que estar pendiente de la tecla me resta la misma visión de juego que otros pierden al alcanzar un panchito, beber una birra o repiquetear en Twitter. Algo muy similar.

De modo que, amigos, amémonos. Practiquemos la crítica si nos relaja, pero, por favor, no volvamos a caer en el inútil ejercicio de preguntar por qué tal puntuación y por qué no tal otra, porque de tanto insistir provocaremos la respuesta que tanto trata de evitar el pobre y solitario cronista: porque me dio la gana. La real gana, para ser más exactos.

07 Dic 2011

Carlovich o Manolo

Escrito por: juanma-trueba el 07 Dic 2011 - URL Permanente

El asunto de esta entrada pretendía ser Twitter como instrumento para tener amigos sin necesidad de invitarlos a que sean tus amigos, trance patético al que nos somete Facebook. Con esa intención comencé y con ese propósito llegué hasta la línea 17. Entonces me topé con el reportaje de Informe Robinson sobre El Trinche Carlovich. Indispensable. La historia de un futbolista argentino considerado mejor que Maradona (por los pocos que lo vieron). Hablan Valdano, Menotti, Aimar y algunos vecinos, todos de verbo musical y todos absortos. Carlovich, suspiran. Lo curioso es que no existen imágenes en movimiento de este futbolista mágico, a pesar de que se retiró en 1986. No hay testimonio del partido que disputó en 1974 contra la selección argentina que preparaba el Mundial de Alemania. Carlovich era el único jugador de segunda división que formaba parte de ese mítico combinado rosarino que sacó los colores a la albiceleste (3-1). Algunos futbolistas de aquella selección relatan la humillante derrota. Como suele ocurrir en estos casos, su peripecia deportiva se entrelaza con su peripecia personal, genio sobre el campo y tarambana fuera de él. Sus espantadas eran tan famosas como peregrinas sus excusas, cuentan. Se pasaba las noches en los boliches, dice una de las voces. Bebía, continúa otro testigo escasamente discreto. Le gustaba pescar y desaparecía sin dar aviso... El documental prosigue y de repente, descubrimos que Carlovich vive y habla; al ser preguntado por esas mismas cuestiones, El Trinche las niega con un pasmo que debe ser consustancial a su naturaleza. Yo nunca bebí, yo nunca pesqué… ¿y ustedes creen que hubiera abandonado una concentración de la selección argentina? Parece tan sincero como atribulado. A esas alturas el reportaje (indispensable, insisto) empieza a resultar desconcertante. ¿Y si nos encontráramos con una Guerra de los Mundos versión futbolística? ¿Y si no existiera Carlovich? O mejor aún: ¿y si existiendo no hubiera sido otra cosa que un futbolista mediocre, una especie de Truman sobre el que algunos han montado el show, una excusa para reírse de todos nosotros? Imaginen. Dentro de unos pocos días se podría descubrir el pastel y analizar en términos sociológicos la reacción de los miles de incautos, tal vez millones, tantas visitas a Wikipedia, tantas expediciones a Rosario, al campo de sus proezas. Hasta el propio Carlovich podría festejar el engaño colectivo comiéndose un asado: siempre fui un tuercebotas, diría, ¡y nunca imaginé que pudiera firmar tantos autógrafos…!
Aunque también pudiera ser todo verdad, tan increíble como lo son las historias reales. Casi todos hemos coincidido con un genio que no completó el trayecto. El mío se llamaba Manolo. Manolito, en ciertas ocasiones. Nunca Manuel. Jamás Manu. Manolo, casi siempre. Su relación con la fama comenzó antes de que tuviera uso de razón: protagonizó un anuncio de camiones a control remoto, si bien debo aclarar, para situar la época, que el control remoto estaba unido al camión por un orondo cable. Santi Rico, habrá quien lo recuerde. Bien, pues aquel muchacho era un futbolista extraordinario, dotado de un talento imaginativo, casi poético. También era inteligente, y aunque nos sobran los ejemplos de cracks poco inteligentes, estoy por asegurar que, en su caso, la inteligencia estaba aplicada al fútbol. Dije inteligente y tal vez debí decir brillante. Probablemente lo era todo, además de mi amigo.
Nunca le pregunté cuántas veces le propusieron probarse en el Madrid, el Atlético o el Rayo, pero estoy seguro de que fueron unas cuantas y siempre las rechazó. Imagino que su felicidad no necesitaba de esas venturas. Su existencia estaba colmada: amigos, Vespa y novia. Qué más se puede pedir a la vida. No había mayor aspiración en esos tiempos.
Tuve el privilegio de jugar con él (Manolo de estrella, yo de infiltrado) y fui testigo de cómo algunos árbitros aplaudían sus goles, sin que los rivales encontraran motivo para sentirse ofendidos. Eran ligas menores, lo acepto, pero en la época a la que me refiero el fútbol se jugaba con obsesión (no había Play) y el talento rebosaba hasta en los torneos menores. De hecho, en aquel nuestro equipo había otros jugadores con madera y más físico que Manolo (Julián, mi primo Nacho, los Porras…), aunque ninguno tan sublime y efectivo, tan divertido. Es el primer y único jugador al que he visto aplicar el sentido del humor al juego.
Cuando acudía al Bernabéu me gustaba imaginar a Manolo en el césped y puedo asegurar que no desentonaba entre aquellos futbolistas de blanco (era el Madrid de los Garcías, aviso). Todavía hoy siento el honor de haber jugado con gente tan excepcional, y sobre todos ellos, con Manolo. Algunas noches, sin embargo, cuando busco un buen tema para conciliar el sueño, me asalta la duda de si Manolo será real o será producto de una memoria mentirosa o, lo que es peor, de una imaginación incontenible. Tal vez sea como Carlovich. O tal vez Truman sea yo. Y tú.

02 Nov 2011

Sobre los insultos

Escrito por: juanma-trueba el 02 Nov 2011 - URL Permanente

Si algo ha caracterizado este lugar de encuentro en sus más tres años de vida es su capacidad para autorregularse, depurarse y sobrevivir a las muchas amenazas que rondan a cualquier espacio abierto al público. Aquí se han congregado, y todavía se congregan, buenos conversadores, finísimos analistas, algún poeta y, en general, aficionados al deporte que comparten, más que un escudo, un punto de vista. Siempre que los informáticos del periódico me han sugerido la posibilidad de cribar los comentarios para descartar aquellos que resultaban ofensivos he rechazado la idea. Aquellos que se han colado para insultar, provocar o ser simplemente atendidos han terminado por marcharse con su ruidosa música a otra parte. El problema es que han vuelto. En los últimos días, personas a las que molestan los comentarios aquí expresados han rebuznado con improperios de una vulgaridad patética. Y eso resulta imperdonable. Ya dijimos en las bases fundacionales de este bar que aquí no gusta la ofensa personal, pero si esta ha de producirse, debe acompañarse de un cierto esfuerzo por la metáfora y la brillantez. No ha sido el caso.
Analizar la psique de quienes ingresan en un club donde se sienten incómodos y discrepantes daría para una tesis doctoral. A quien le irrite este lugar sólo le podemos invitar a marcharse y buscar un entorno más afín, que seguro lo encontrará, hay gente para todo. Pero quedarse para insultar desde el anonimato es fundir en una sola las aficiones del boyeur y las del descerebrado. Si entre mis fobias personales estuviera el cine polaco no se me ocurriría meterme en los foros que lo ensalzan para disparar insultos detrás de una tapia. Sería infantil, si es que existen niños tan tontamente retorcidos y reincidentes.
Acepto que la propuesta es arriesgada. Hablar todos y hacerlo de todo, no dejar casi nada libre de burla, incluido el Trueba ausente y fundador (magníficas las Plazas Menores, maldito Pekirrojo). Confesarse, abrirse, forofear, demonizar el periodismo deportivo, poetizar y hasta publicar biografías por capítulos. Alternar con gente normal y con cierto número de tipos brillantes, cada vez más brillantes. Imagino que es fácil sentir envidia. Lo entiendo. Pero más fácil es tomar asiento y pegar la hebra. Rebatir, oponerse, esgrimir, forofear y, si lo desean, poetizar. Crónicas, contracrónicas, metacrónicas, microcrónicas. Prueben los que insultan, ensayen nuevos métodos de usar la cabeza, tal vez acaben por sentirse a gusto. Por cierto, me gusta esa expresión de “supermercado de la letra”, la apuntaré, si se me permite.
El otro error de los insultadores con antifaz ha sido arremeter contra Somos. No diré que por él mato, estaría feo citar a la Esteban; sólo señalaré que sus aportaciones son esenciales en la personalidad de este foro. Su tono y sus conocimientos, también sus opiniones, son una permanente invitación a dialogar, sin que sea necesario estar de acuerdo con algo. Gente así, trasladada a un campo, no deja de servir buenos balones.
En Twitter ocurre que quien te insulta un día se muestra más templado cuando te tomas la molestia de responderle educadamente, y mucho más comprensivo aún a la segunda contestación, casi hermanos en la tercera referencia. Ojalá aquí suceda lo mismo. Tómense los discrepantes este texto como una mención personal. Sus insultos han sido recibidos. Y no gustan. Empecemos de nuevo…

03 Oct 2011

Octubre, octubre

Escrito por: juanma-trueba el 03 Oct 2011 - URL Permanente

Si septiembre es un domingo de 30 días, octubre es… la madrugada del lunes. Digamos que a partir de las tres de la mañana, según nos aproximamos al despertador, se estropea la fiesta. Digamos que a partir del viernes anuncian frío pelón. Adiós resaca del verano. La única ventaja que se me ocurre, a bote pronto, es que tendremos un abrigo donde guardar teléfono y cartera. Es terrible eso de llevar móvil y documentación en los bolsillos del pantalón. Es aparatoso, cuando no obsceno. Y la bandolera, alternativa legal, es un complemento demasiado próximo a la riñonera, accesorio criminal. Frío, pues. Y sin previsión de lluvia, lo que nos sitúa en el peor de los escenarios posibles, pues uno ni siquiera puede disfrutar de la brumosa melancolía del otoño. Solazo gélido y traidor, reclamo de virus varios.
Ni una línea de deportes, ciertamente, pero ya advertimos en su día que este espacio sería cajón de sastre y cajón desastre (cuántas habrá sido repetido este flojísimo chiste), de modo que eviten los reproches y las impaciencias. Por cierto, tengo un amigo escritor con el que trato de quedar regularmente para tomar café (yo, té): él quiere hablar de fútbol y yo de libros. Me ocurre más veces, casi todas. En cualquier reunión social siempre hay alguien ansioso de entablar conmigo tertulia futbolera. Como si esperaran de mí alguna revelación fabulosa, o un buen cotilleo, quizá hasta un mal cotilleo. Me temo que no tardo en decepcionarlos, pero lo disimulan y en la siguiente reunión vuelven al ataque, por si me he enterado de algo. Barajo seriamente la opción de inventarme relatos increíbles, aunque enseguida lo descarto. Tengo muy mala memoria para ser mentiroso. Sólo ese defecto me confiere una cierta virtud. Podría cambiar de versión cada media hora y comportarme así como algunos (bastantes) imaginan a los periodistas, especialmente a los periodistas deportivos.
Ha nacido un magazine en Internet llamado Jot Down (www.jotdown.es) que dedica parte de sus contenidos a lo que llamaríamos “los medios”. Hasta ahora ha publicado interesantes entrevistas con Enric González, David Gistau, Alfredo Relaño, Santiago Segurola… Todos ellos reflexionan, con mayor o menor profundidad, sobre el periodismo deportivo. Resulta interesante, al menos teóricamente interesante. En cualquier caso se trata de amplias entrevistas que dibujan buenos retratos de los entrevistados, por no hablar de las magníficas fotos que los acompañan.
Me temo, en general, y sin referirme a estos ilustres nombres, que los periodistas nos ponemos demasiado trascendentes cuando hablamos de nuestra profesión y de nosotros mismos. Dicho lo cual, enhorabuena para el emprendedor que se atreve con una aventura periodística semejante en estos tiempos sombríos (aunque soleados).
De la Liga, qué decir. Que se va decantando mientras rinde entrañables homenajes a los plebeyos que se cuelan en el guateque. Ojalá el Málaga, el más armado de estos espontáneos, resista, pero tengo la impresión de que sus resultados van por delante de su juego; supongo que al equipo le falta tiempo de cocción. De algo no hay duda. Lo mejor de la pasada jornada fueron los goles. La calificación de cada uno de ellos daría para un debate de los que empalman comida con cena y cena con desayuno. Personalmente, utilizo un baremo que me funciona. Se trata de preguntarme qué goles hubiera podido marcar yo, mediocre futbolista aficionado (y eso, en mi mejor momento). Veamos. Seré honesto: el de Baptista se me hubiera escapado alto. Seré más sincero aún: impactar con el balón lo hubiera considerado un mérito extraordinario, incluso no romperme la espalda. Marcar ese gol por la escuadra en el último minuto no entra dentro de mi imaginación, sólo de mis ensoñaciones. Un diez, por tanto. Y otro para el gol de Pedro León, que golpeó con la peor de sus piernas y consiguió un tanto maravilloso e imparable. El de Íñigo Martínez también fue excepcional. Sin embargo, creo, y sonará fatalmente arrogante, que de esos te entra uno de cada cien (o mil o un millón, depende). La diferencia con los anteriores es que, en los otros, el común de los mortales no llegará siquiera a contactar con la pelota.
He dicho. Y ahora me dispongo a tomar un tren con Manolete. No, no es que vayamos a asaltar el tren de Penhalm. Nos vamos a montar en él, a cogerlo, y ya se puede observar que no hay verbo ferroviario que no tenga terribles connotaciones. De esas experiencias transiberianas podría salir una novela. O una nivola, que diría Don Miguel.

13 Sep 2011

El decálogo

Escrito por: juanma-trueba el 13 Sep 2011 - URL Permanente

Reflexiones post-veraniegas (si me salen diez lo llamaré decálogo).

1. Lo de Madrid y Barçan sigue igual, que nadie se engañe. La diferencia, de existir, no afecta a la esencia de cada equipo. El Madrid era fuerte y ha decidido ser más fuerte aún. Fuerte de músculo, pulmones y carácter. Coentrao incide en esa fortaleza. Un jugador físico, de mucho correr. Otro marine que moriría por Mourinho. Los cuerpos más etéreos ya han abandonado el equipo (Pedro León y Canales); Kaká sobrevive a duras penas. Y el problema no es suyo, no enteramente. Kaká estaría mucho más cerca de ser el que fue con otro entrenador. Bastaría con que le dieran confianza y libertad. Pero que no le pidan ser un decatleta porque él es simplemente un futbolista. Nota: la permanencia de Lass en el equipo demuestra que la férrea disciplina del entrenador es una ley con excepciones. Pocos futbolistas (presidentes y humanos en general) han chuleado tanto a Mourinho sin recibir represalias. Al contrario: Lass, ya lo advierto (estoy pitoniso), acabará siendo el compañero de Xabi Alonso en la alineación titular.
El Barcelona, que ya jugaba bien, ha apostado por jugar mejor. Es una especie de obsesión por la excelencia, muy loable si no fuera porque Guardiola ha olvidado reforzar la defensa y fichar a un delantero centro rematador (tipo Larsson; mejor aún Forlán). Eso sí, el fichaje de Cesc significa que el equipo multiplica sus alternativas atacantes, y ya eran muchas. El Barça, rey en la horizontal, gana verticalidad y ahorra tiempo. Cesc superará los diez goles en Liga y el próximo año luchará por los premios a los mejores futbolistas del año. Se admiten apuestas (otra cosa será que se paguen).

2. Mourinho merece capítulo aparte. Hace poco hemos leído que denuncia una conspiración en su contra. Sus palabras me recordaron un afinadísimo artículo de Solari en El País, después del ‘incidente’ con Vilanova. El exfutbolista citaba a Jorge Fontevecchia (Diario Perfil, 30-04-11): “El paranoico siempre tiene razón. Presume que alguien lo va a atacar y para defenderse lo ataca primero. El atacado, también para defenderse, devuelve la agresión. Y el paranoico confirma su teoría: querían atacarlo”. Pese a todo, son muchos los que creen que Mourinho no está dominado por su complejo paranoide, sino que es profeta de una revolucionaria estrategia militar. Cada uno es libre de pensar que lo que quiera. Sólo espero que mis pasadas y futuras tonterías, exabruptos y pataletas sean juzgadas tan benévolamente: Trueba no es maleducado, es tímido; Trueba no es imbécil, se lo hace; Trueba no es un déspota, es un motivador; Trueba no es Trueba, es Mourinho.

2. Lo de la Liga escocesa tampoco sufre alteración a pesar del conato revolucionario de Del Nido. Los clubes están atados por contratos que firmaron voluntariamente y se gobiernan con una Liga inoperante que ellos mismos han elegido. Mal asunto. Sólo la unidad les podría rescatar, y tal vez sea más factible una invasión alienígena. Esperemos, no obstante, que algún día el dinero de la televisión se reparta con más sensatez y que los clubes incapaces de afrontar sus deudas desciendan. Sin apaños. Entretanto viviremos una Liga que podría estar cavando su propia tumba, aunque lo mismo pienso de los programas del corazón y ya llevan más de un lustro excavando su sepultura sin que parezca que tengan intención de acostarse allí.

3. El ciclismo, a pesar de los pesares, sigue gozando de buena salud. Por lo menos, hasta el próximo escándalo. El Tour resultó divertidísimo aunque lo ganó un australiano y nada nos une a los australianos salvo las ganas de estar allí. En la Vuelta, la victoria de Cobo ha resultado algo más desconcertante. No se le esperaba. Y tampoco tiene la ganzúa de las personalidades encantadoras o los rostros inspiradores (qué buen pasaporte es la belleza, puñetas). Pero conviene recuperar el equilibrio. La obligación del aficionado y del periodista debe ser entusiasmarse con las proezas y escandalizarse con los escándalos. Cada cosa a su tiempo, sin dar nada por supuesto. Si dejáramos de enamorarnos por miedo al dolor que causan las rupturas (algunos lo hacen) acabaríamos viviendo en un jaula de oro, seguros, pero tremendamente aburridos.

4. El baloncesto se haya en pleno campeonato de Europa y esta reflexión será la primera en pasar de moda. La Selección ha jugado muy bien en algunos partidos, especialmente contra Lituania, que se nos vuelve a aparecer en el horizonte. Sin embargo, el equipo deja la sensación de que tiene ganas de divertirse y el entrenador hace lo posible por evitarlo. Se ve que prefiere el rígido sistema al flower power. El razonamiento sería sensato en un equipo cualquiera, pero en uno con tan estupendos jugadores la mejor válvula de escape del talento parece la felicidad, no la pizarra. Casualidad cósmica: mientras escribo tengo abierto El Mundo por una página con una entrevista a Baresi: “El Barcelona se divierte, esa es la gran diferencia”.

5. Y ahora, la Selección de fútbol, ya clasificada para la Eurocopa. Durante el amistoso contra Chile, y mientras duraba la tunda chilena, varios tuiteros reclamaron la fulminante destitución de Vicente del Bosque y se mostraron irritadísimos con mi defensa del seleccionador. El argumento predominante era que Del Bosque se ha aprovechado de la herencia de Luis. Según esos críticos tuiteros, España ganó el Mundial a pesar de Del Bosque, queriendo indicar, imagino, que la Selección debió golear a Holanda en la final y repartir parecidas palizas en su camino hacia el título. Bien. Eso es lo que dura la gloria en este país.

6. La verdad es que me resulta interesantísimo Twitter como espejo de una parte de la sociedad, y recalco lo de una parte, porque el riesgo es pensar que en Twitter se manifiesta la sociedad entera. Creer tal cosa sería tan estúpido como medir el sentir de una afición por las pancartas que se cuelgan en el estadio, o por los gritos de un sector del público. Twitter es un totum revolutum y quizá por eso mismo me sorprende la cantidad de gente educada con la que me encuentro, inmensa mayoría en comparación a los que me mandan a esparragar, que nunca faltan y que, por cierto, suelen ser mourinhistas en “defensa del Real Madrid”. Algún día alguno me explicará quién demonios ataca al Real Madrid. O tal vez debamos recuperar la teoría del paranoico.

7. Sobre el conflicto de las radios debo decir que soy parte interesada, de modo que no haré esfuerzos por ser imparcial, porque resultará inútil. Entiendo mal, eso sí, que se deba pagar por lo que nunca costó y estoy seguro de que si el pago ofrece en compensación una mayor disponibilidad de los deportistas, los medios pagarán con gusto. Por cierto, ¿deberían los diarios borrar la publicidad de las camisetas de los futbolistas cuando publican sus fotografías? ¿Podrían reclamar dinero por esa publicidad gratuita? La historia interminable.

8. En la cuestión de los horarios también soy parte interesada y perjudicada. Los cierres del periódico resultan infernales con partidos a las diez de la noche. Pero al margen de ese perjuicio al gremio, considero un despropósito social programar tan tarde los partidos. Para empezar, los niños quedan fuera de juego. También las personas de orden y madrugón. Y las audiencias no respaldan la tropelía. Se ve tanto un partido a las 20:30 como uno a las 22:00. La verdadera motivación es ocupar el prime time y machacar a la competencia. Caiga quien caiga.
9. La penúltima no es de fútbol, sino de cine. Quien no haya visto todavía Pequeñas mentiras sin importancia debe localizar cuanto antes el cine que la proyecte todavía. Más que una película, es un regalo. Una historia sobre amigos, amores, veranos, risas y llantos. Como la vida misma, si en la vida misma paseara Marion Cotillard.

10. Llego exhausto al punto décimo (todo sea por el decálogo). Y algo desconcertado. En la tele donde aparecía El Bisonte ahora puedo ver a Yul Brinner, que es otro tipo de calvo. Si hubiera justicia en el mundo y en el Vaticano, San Yul sería el patrón de los calvos. Pero no la hay.

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