La Reserva

Crónicas Mundanas

13 May 2013

De bicis y crepúsculos

Escrito por: juanma-trueba el 13 May 2013 - URL Permanente


Lo siguiente es un post por sugerencia pública. Los temas han sido propuestos por amables tuiteros, en auxilio de este pobre escribiente sin asunto. Vayamos al tajo.

Ciclismo.
Diré que me gusta por herencia genética. Mi padre soñaba con ser corredor y mi abuelo paterno, según creo, fue juez de carreras ciclistas en Cantabria. No tenía escapatoria, pues. Y menos aún cuando, siendo un niño, me regalaron una bicicleta de carreras, un maillot naranja, un culotte negro y unas pequeñas zapatillas con calas. Todo hecho a medida y con riguroso mimo. Es fácil imaginar el espanto que me causó aquello. El uniforme oficial de ciclista (la lycra en general) es algo que sólo se puede asumir en la incipiente madurez. Ningún niño está preparado para vestirse como Nureyev y andar como un pato. Si les espeluzna la imagen, añadan una gorra con la visera levantada.
Sin embargo, por la felicidad de un padre uno es capaz de cualquier cosa. Incluso de pedalear de esa guisa. Juraría que sólo lo hice durante los veranos en Galicia, donde mi prestigio, ganado a pulso durante ocho años de inmaculada existencia, estaba protegido por el anonimato. En cuanto tuve ocasión, y con cierto disimulo, doné todo el aparataje al museo familiar que alimentan las madres en algún cajón escondido.
El proceso fue idéntico al que atravesé con Los Panchos. Después de escuchar boleros sin cesar en cada viaje veraniego (600, 850, GS Club, Renault 18), en la más tierna adolescencia me prohibí las guitarras, los lodos y las flores de la canela. Años después, y ante mi propio asombro, volví a ellas ocasionalmente como regresé a la bicicleta con lycra. A pesar de mi resistencia y de mi titánico esfuerzo por encontrar mi propia voz, no podía negar lo evidente: era un Trueba.
Actualmente, todos mis achaques físicos (no tantos, señoras) se arreglarían si saliera regularmente en bicicleta. Así me lo dijo un fisio argentino tan entusiasta que igual me hubiera convencido de pilotar un ala delta. Lo ideal, he pensado, sería ir a trabajar en bicicleta, pero el problema, como tantos, es logístico: ropa, distancia, sudores, horarios, asaltantes callejeros… Aunque debo confesar que existe otro inconveniente mucho mayor: la terrible vergüenza que me daría ser interceptado por algún conocido (o amigo de) con mi maillot del Bianchi y mis peludas piernas embutidas en un sugerente culotte negro. Por no hablar del casco achampiñonado. Lo dicho: en Galicia me resarciré. Y tan pancho.

El tardofranquismo.
Lo bueno del término tardofranquismo es que se explica solo: la última parte del franquismo (da gusto saber hablar latín). Quien me sugiere el asunto quiere expresar su indignación por el empleo de la palabra en este periódico, para definir, con una metáfora, a los nostálgicos del ordeno y mando (ya pueden imaginar el contexto). Personalmente, no lo encuentro inapropiado, aunque comprendo que se pueden sentir molestos los franquistas o los antifranquistas, cada uno con sus argumentos. El hecho, no obstante, nos sirve para enfocar otro fenómeno que han multiplicado las redes sociales: la conocida susceptibilidad patria. Hay gente que está deseando sentirse insultada para justificar así sus propios insultos. Valga un ejemplo personal: fueron incontables los improperios que recibí (y aún sigo recibiendo) por escribir en su día que Lass Diarra estaba incluido en el parte de bajas por un “embarazo psicológico”, expresión con la que quise explicar (sin éxito) sus evanescentes lesiones sin justificación médica. Escuché todo tipo de calificativos por aquello. Salvo tardofranquista.

Futbolistas comprometidos socialmente.
Haberlos, haylos, no tengo la menor duda. Lo complicado es determinar si el compromiso social debe estar acompañado de una manifestación pública o si basta con su práctica íntima. La cuestión cambia sustancialmente si hablamos de donaciones o de política. Y en ningún caso lo tengo claro. Gasol o Casillas presumen de su compromiso con África y estoy convencido de que la publicidad ayuda a los proyectos benéficos que defienden. La política es más delicada. Por muy sensatos que sean los argumentos de un deportista, siempre será acusado de su ventajosa posición social, o de su dinero, o de su fama. Volvemos a la conocida susceptibilidad patria.

Capitanes del Madrid que determinan salidas y entradas de entrenadores.
Sospecho que aunque el título parece de tesis doctoral, no hay casos con los que rellenar tantas páginas. Yo, al menos, no los conozco. Hasta donde yo sé, los presidentes tienen más influencia que los entrenadores en las grandes decisiones de los clubes, y aviso que según escribo la frase ya me estoy arrepintiendo de haberla empezado.

El crepúsculo de los dioses: de Gasol a Federer.
Me remito a una frase de la película del mismo nombre (Sunset Boulevard, en versión original). Alguien pretende adular a Gloria Swanson diciéndola que ella fue grande y la vieja actriz del cine mudo responde indignada: “¡Yo sigo siendo grande. Es el cine el que se ha hecho pequeño!”.

Fichajes.
También llamados salvavidas o salvapresidentes. Tienen en común que son caros. Y, en ocasiones, la cresta.

La misteriosa desaparición de Florentino a los mandos del club.
Corrijo, si se me permite: lo que ha desaparecido no es Florentino, sino los mandos del club.

03 Abr 2013

Hacerse mayor

Escrito por: juanma-trueba el 03 Abr 2013 - URL Permanente

El aficionado al cine y, en cierta medida, el aficionado al deporte asiste, con el paso de los años, a un hecho particular y conmovedor: el envejecimiento de sus héroes. Te haces mayor cuando los jugadores de tus cromos se convierten en entrenadores. El cambio no se asimila jamás. Yo, sin ir más lejos (disculpen la inmodestia, pero soy el ejemplo más cercano que tengo) sigo viendo a Schuster como el ángel exterminador que fue como futbolista. Cuando fichó por el Barcelona parecía salido de un cómic de la Marvel, Thor, concretamente. Era, al mismo tiempo, un centrocampista grandioso, adelantado a su tiempo (aún hoy lo sería), y un anuncio de Sunsilk (Timotei, si lo prefieren). El tipo que le suplanta ahora se le asemeja bastante, pero no puede ser él, es imposible. Buen trabajo, no obstante, del turista alemán que imita su voz y su ironía.

Con el cine, la experiencia resulta mucho más dramática. Quien se enamoró de Michelle Pfeiffer en los 80 se puede quedar paralizado por la conmoción si la observa ahora, desfigurada por las operaciones. Algo en nuestra cabeza sustituye de inmediato esa visión y la reemplaza por la que grabamos al ver Lady Halcón, o Cuando llega la noche, dos películas en las que está verdaderamente preciosa. Michelle es esa; la otra, su madre, tal vez su abuela. No hablemos ya de casos como el de Carrie Fischer, la mítica princesa Leia, a la que la mala vida y las operaciones han transformado directamente en una persona radicalmente distinta, vulgar por fuera, aunque mucho más hermosa por dentro (la Fischer se gana la vida burlándose de sí misma en los teatros, en una admirable psicoanálisis con público). Quizá Greta Garbo decidió ahorrar el trauma a sus fans cuando se retiró a los 36 años.

El actor que tiene la fortuna de alargar su carrera hasta la vejez está expuesto como ningún otro ser humano a la comparación permanente entre su juventud y su ancianidad. Una comparación desgarradora, en la mayor parte de los casos (Meryl Streep es la excepción). Paul Newman, probablemente el hombre más bello que ha dado el cine, no tuvo inconveniente en someterse a ese doloroso contraste y en los últimos años de vida ejerció como padre o abuelo de otros galanes que no le hubieran lustrado los zapatos en sus años mozos (Redford todavía se resiste a eso). Igual de doloroso es pensar qué algunos jóvenes sólo tendrán el recuerdo del Harrison Ford oxidado de estos últimos años, o del Pacino decrépito, o del De Niro abuelete. Debería ser de obligado cumplimiento que antes de ver Siete días y siete noches, pongamos por caso, los jóvenes disfrutaran de La Guerra de las Galaxias, o de las películas de Indiana, igual que habría que empezar por Taxi Driver o El Cazador antes de adentrarse en Los padres de ella.

He pensado muchas veces, en esas ensoñaciones que tiene uno y que no le llevan a ninguna parte, que los clubes de fútbol deberían comprometerse en la revisión constante de sus viejas glorias. Primero como lección a los jugadores actuales, que deberían distinguir con exactitud, y por contrato, a esos ancianos con los que coinciden en actos y presentaciones. Sería de enorme utilidad emocional que las estrellas de ahora supieran que lo que hacen y lo que nunca harán ya lo practicaban otros tipos hace 50 años. Resultaría productivo, y saludable, que antes de un gran partido, y finalizada su siesta, los futbolistas interrumpieran sus partidas en la Play para ver vídeos de jugadores históricos, partidos memorables que han forjado la identidad de los equipos de los que forman parte. Todo resultaría más lógico entonces, y más justo.

En eso, en la reverencia a las viejas glorias, el cine supera de largo al deporte y a casi cualquier actividad profesional. Cada ceremonia de los Oscar incluye un reconocimiento anual a los pioneros. En el fútbol, a los pioneros se les puede ver, con suerte, en alguna peña, en algún entierro, probablemente el propio, o en algún reportaje en sepia.

Yo, ya que se empeñan en hablar de mí, me sentí muy atraído por Helen Mirren, esa viejita que hace poco interpretó a la Reina de Inglaterra. Todavía me asombra que nuestros periodos de actividad sexual hayan podido coincidir en algún momento. Pero ocurrió. Seguramente por esa tara mental que arrastro me siento tan vinculado (es un decir) a mis actrices y actores coetáneos, a los que han cumplido años en mi misma franja horaria, a los que han envejecido al mismo tiempo, sin que ni ellos ni yo hayamos querido reparar en las arrugas del otro. Por eso todavía encuentro tan absolutamente arrebatadora a Julia Roberts, tan maravillosos a Ethan Hawke y Julie Delpy. Por eso, entre otras cosas, me cuesta tanto aceptar a Khedira. Porque yo vi a Stielike.

05 Feb 2013

El ciclista Jean Valjean

Escrito por: juanma-trueba el 05 Feb 2013 - URL Permanente

Si no te gusta el ciclismo o si no te gustan las bicicletas, no hay nada que hacer. Tus juicios y prejuicios son inabordables y te sobran las razones. Las bicicletas pinchan y los ciclistas son tipos que se afeitan las piernas; además los sillines son objetos de una agresividad insoportable. Visto así, no hay quien se acerque. El ciclismo sólo tienen sentido en eso que podríamos denominar la fase Verano Azul, edad infantil, vacaciones familiares, campo abierto y sillón de Motoretta. Podríamos discutir sobre tu rechazo existencial, pero la discusión terminará, y habrás vencido, en cuanto salga el asunto del doping, y tendrá que salir forzosamente. Entonces, probablemente, te burlarás y dirás que con “chupetín” tú también subirías el Alpe d’Huez, que así cualquiera, que si los yonquis con mallas de lycra; tal vez, hasta hagas algún chiste desternillante sobre el huevo de Armstrong.

Nada que oponer, ya no. El ciclismo tiene una vinculación histórica con el dopaje que arranca casi en el mismo momento en que nacen las carreras ciclistas. En 1924, en declaraciones al periodista Albert Londres (recomiendo su libro ‘Forzados de la carretera’, editorial Melusina, diez euros), los hermanos Pelissier admitían, en pleno Tour de Francia, que la cocaína, la estricnina y las pastillas formaban parte de la dieta de los corredores. Anquetil, el primer gran campeón, el primero en ganar cinco Tours, era poco amigo de los controles antidopaje, y hasta Merckx, el mejor ciclista que han visto los tiempos, fue descalificado del Giro que lideraba en 1969 por un positivo nunca aclarado; luego se desmintió su veracidad, pero siempre quedó la duda. Quien desee investigar encontrará casos en cada década.
La pregunta es inmediata: ¿Por qué nos sigue gustando el ciclismo? Bien, pues para empezar porque en algún momento y en algún lugar nos picó algún bicho. En mi caso heredé trágicamente la pasión de mi padre, al que hubiera gustado ser ciclista y al que acompañé durante muchos años de mi infancia a un kiosko de la Gran Vía donde vendían la revista francesa Miroir du ciclisme. Jamás pensé que por tanto ojearla me quedarían secuelas permanentes. Allí aparecían fotos de Ocaña, con los brazos llenos de costras, rodeado de belgas y franceses, subiendo algún puerto desconocido, congelados todos en una imagen de sufrimiento que bien hubiera podido ser el póster de cualquier película del Oeste. Entonces no sabía lo que ahora sé, pero ahora sé que aquello no era mentira. Ni lo es ahora. Independientemente de las pócimas de moda, el ciclismo es verdad porque no hay droga, anfetamina o café cargado que evite el sufrimiento extremo. No hay diferencias morales en el grupo de elegidos, sólo sutilezas químicas. Todos se conocen por fuera y por dentro, todos se retuercen igual, todos callan lo mismo.

Pensar que Armstrong, por citar un tramposo de referencia, ganaba por su acceso a una EPO más refinada que el resto de sus rivales me parece una simpleza. Si debe sentir vergüenza no es por sus compañeros de escapada, sino por los ciclistas que se quedaron atrás por ser íntegros; por el ciclismo, en general. Armstrong, de vuelta del cáncer (eso tampoco fue mentira) y dotado de una extraordinaria capacidad de liderazgo pudo ser el Espartaco con el que seguimos soñando: tenía autoridad moral, tenía carácter y tenía un talento nada despreciable. Lástima que eligiera ser matón antes que héroe.

¿Que por qué nos gusta todavía el ciclismo? Qué se yo. Tal vez porque habita en la misma frontera que el cine negro, donde no hay corazones puros ni se espera que los haya. Probablemente, porque no hay deporte igual, ni actividad tan prolongadamente extenuante, ni tortura que haya sobrevivido tanto tiempo; televisada en directo, además. No hay ciclista que no sea Jean Valjean. Y del mismo modo que el personaje de Víctor Hugo, en plena ruina física, robaba los candelabros de quien le acogió, el ciclista cae en la tentación del dopaje y pervierte la motivación última de quien se sube a una bicicleta: domar el sufrimiento.

Tom Simpson murió sobre la bicicleta por una fatal combinación de anfetaminas, alcohol y calor extremo. Se encontraba ante una de sus últimas oportunidades de ganar el Tour de Francia, presionado por el patrocinador y por su afán competitivo. Aquella tarde de 1967 el dopaje se descubrió como un veneno mortal. Casi medio siglo después, y muertos ciclistas como Jiménez, Pantani o Vandenbroucke, un inglés ha ganado el Tour de Francia en recuerdo de Simpson y en el seno de un equipo que es bandera del deporte limpio. Quiero creer que lo suyo es cierto. Esos corredores, en su mayoría, no han crecido a la sombra de los tenebrosos directores del viejo Continente, verdadero cáncer del ciclismo. Su irrupción es un soplo de aire fresco al que quiero agarrarme con la esperanza de que esta liana no termine conmigo en el río de los cocodrilos y los incrédulos. Me gusta el ciclismo, demasiado como arrepentirme o descolgarme. Es una pasión tan irracional como la que siente un adolescente por la chica que le ignora o le desprecia. Ningún amante se ha dado por vencido por una nimiedad así. Al contrario. El desafío es formidable y adictivo: algún día me corresponderá. En verano, probablemente.

22 Ene 2013

Armstrong y Norman Bates

Escrito por: juanma-trueba el 22 Ene 2013 - URL Permanente

Mentiroso, matón, déspota. Todo eso y mucho más. Armstrong ha confesado y se ha confirmado que es uno de los mayores fraudes en la historia del deporte. Nadie en su sano juicio se atreverá a defenderlo a estas alturas. Nadie, ni siquiera aquellos que lo siguieron haciendo después del informe de la USADA, casi todos españoles, bastantes ilustres. Sin embargo, Armstrong el tramposo eligió un método de confesión que le aporta cierta dignidad dentro de su impostura. Demos por hecho que estaba obligado a confesar, acorralado por la justicia. Demos por hecho que cobró un buen dinero y que estuvo asesorado en todo momento por su equipo de fantásticos abogados. Demos por hecho también que los tipos como él no cambian de un día para otro. Pero reconozcamos, puestos a ser justos, que de todos los modos de confesar, Armstrong eligió el más incómodo: tres horas delante de una periodista que no le hizo concesiones, tres horas expuesto a sus mentiras, a vídeos que incidían en su fraudulenta estupidez. Pudo emitir un comunicado oficial, o convocar una conferencia de prensa sin preguntas (muy de moda), o preparar una entrevista más amable. No lo hizo.
Parece seguro que mintió cuando dijo que a su regreso corrió limpio. Hay unos análisis sanguíneos que indican lo contrario. También lo sugiere el sentido común: Armstrong fue tercero en el Tour de 2009 con 37 años, después de tres retirado. Posiblemente mintió para escapar de algún proceso que todavía no ha prescrito o para conservar su nombre en el palmarés del Tour. Quién sabe.
Aquel regreso, por cierto, nos ofrece bastantes pistas sobre el personaje y su laberinto. Armstrong no concibe una vida sin competición ni enemigos. Compitió en una infancia sin padre, compitió contra el cáncer y compitió en la carretera con la misma obsesión casi asesina que compitió contra los controles y contra los críticos; últimamente sólo se dedicó a competir contra la verdad y es muy probable que a partir de ahora se aplique a la competición más extrema que pudo imaginar: luchar contra el repudio, contra el mayor desprecio que ha escupido el mundo a un deportista. Y ojo: no descarto que encuentre algún placer en este nuevo desafío.
Al volver al ciclismo, Armstrong regaló al ciclismo una imagen nunca vista, la del Armstrong derrotado. Ganó dinero, sin duda, pero ya lo tenía. Lo que le pudo fue el deseo de competir y ese deseo salvaje afloró en la entrevista cuando descubrimos que, de todos los castigos que le amenazan (penales, morales, económicos), el que más le duele es la inhabilitación como atleta. Apuesto a que daría la fortuna que le van a quitar por poder correr en la Clásica de Fresno, si tal cosa existe, y demostrar o demostrarse a sí mismo que no todo era mentira.
Si la entrevista de Oprah supone, a mi entender, uno de los momentos más relevantes de la historia del deporte no es por la confesión, o no sólo por ella, sino por la exposición prolongada a su propia psicopatía. Me importa poco que no diera nombres (espero que los dé ante el juez); lo que me importa es que el psicoanálisis del tramposo fue por vez primera televisado en directo. En un momento dado, Armstrong, que acaba de ver un vídeo donde niega cualquier acusación de dopaje, le dice a Oprah: “¿A qué doy miedo?”. Ahí está todo. Ahí están todos los tramposos, todos los que niegan la mayor, todos los que gimotean en defensa de una verdad que es mentira, ahí está el ciclista, el político, el ladrón. La conciencia no les remuerde porque prescinden de la conciencia. No son Maquiavelo, son Norman Bates. Armstrong, al menos, ha tenido el enorme valor de reconocerlo.

19 Nov 2012

Yo confieso

Escrito por: juanma-trueba el 19 Nov 2012 - URL Permanente

Me declaro culpable. De todo, en general. Soy periodista deportivo, no me gusta Mourinho y pongo las puntuaciones del Real Madrid en AS. Eso significa, por pura definición, riadas de odio, y no exagero el término. Hay quienes han deseado mi despido, un despido masivo en el periódico en el que trabajo, en el Grupo del que formo parte o un hundimiento comercial generalizado, insultos aparte. Para cierta gente, los periodistas son odiosos (por manipuladores y mentirosos), los periodistas deportivos son más odiosos si cabe (por manipuladores, mentirosos y culés o vikingos, según) y quienes interfieren malévolamente en el Comunio son los más odiosos de los seres que puedan existir.

Ayer mismo escribí un tuit en el decía: “Estoy indignado con los equipos que me han arruinado la quiniela. Manipuladores. No jueguen así con los sentimientos de la gente”. No había pasado un minuto cuando alguien me contestó: “Ahora ya sabes cómo nos sentimos los del Comunio”. Se confirma, una vez más, que la ironía no es una flor que se pueda cultivar en Twitter.

Sin embargo, el motivo de mi entrada tiene como objeto dar mi opinión sobre el Watergate (Watertrueba, en este caso) que ha destapado un experto documentalista, y con el que me han aseteado generosamente mourinhistas, antipiperos, antiprisaicos y demás tribus tuiteras, todas irritadísimas.

Les pondré en antecedentes, especialmente a mis habituales del bar, seguramente absortos por este truculento comienzo. Como saben, los fanáticos mourinhistas consideran cualquier crítica al entrenador como un ataque al Real Madrid, y por extensión a los valores de la civilización judeo-cristiana. El mismo efecto causa defender aquello que critica Mourinho. Por ejemplo, la cantera. Si pides minutos para Morata eres un dinamitero y un antimadridista, un demagogo: a quién quitamos listillo (esto último ha sido una amable recreación). La simplificación, ya lo advierto, es la base de la estrategia: si reclamas para un canterano los minutos de Altintop o Coentrao se te acusa de proponer a Jesé en lugar de Cristiano. La historia de la propaganda está plagada de ejemplos y estoy convencido de que nuestro experto documentalista sabrá encontrarlos.

Vayamos al caso. En un blog, de título En fuera de juego (http://en-fueradejuego.blogspot.com.es/2012/11/por-la-boca-muere-el-pez.html), alguien que dice estar contra “la prostitución intelectual” y que admite su falta de objetividad, recoge varios párrafos de un crónica de 2005 firmada por este su servidor (yo) en el que atizo sin piedad a la cantera. El Madrid acababa de empatar a uno contra el Valladolid y de ser eliminado en la Copa del Rey. Y aunque mis circunstancias personales no las recuerdo, es bastante posible que me hubiera dejado la novia o cazado un radar (ni así encuentro disculpa para el tono tan grave que empleo). Los canteranos que disputaron aquel partido y suspendieron fueron, según mi criterio, Arbeloa, Raúl Bravo, Javi García (17 años entonces) y Portillo; Pavón y Jurado estuvieron discretos y se ganaron una pica. A todos ellos se refiere mi crítica sin duda exagerada. No hablo ni de Borja Valero, ni de Mata, que acaban de llegar al Castilla, ni de Granero, que todavía no había cumplido 18. Si jugamos a las hemerotecas conviene hacerlo con rigor.

En el mismo blog se me critica por una contestación en una charla digital, donde destaco, entre mi escepticismo general, a dos canteranos, Soldado y Jurado, uno consagrado hoy en día como un gran delantero (del Valencia) y otro con la clase intacta, aunque de peregrinación por Rusia. Asimismo, cito una serie de jugadores que ficharía en 2006 para el primer equipo: Gerrard, Xabi Alonso, Cesc, Reyes, Joaquín, Robben, Zambrotta y Torres. De ellos, Alonso, Reyes y Robben acabaron vistiendo de blanco (tres de ocho). Gerrard estuvo tentado a hacerlo y sigo pensando que otros como Cesc, Joaquín y Torres (aquel Torres) habrían encajado perfectamente en el Madrid. Zambrotta, en cambio, resultó un fiasco tras su paso por el Barcelona. Mea culpa.

Supongamos, no obstante, que yo estuviera profundamente equivocado en el año 2005 y en el 2006. ¿Justifica eso que una medianía como Altintop reste minutos a los jugadores de la cantera? ¿Justifica eso que el Real Madrid pague 30 millones de euros por una lateral zurdo como Coentrao? No, no lo justifica. Los minutos de Altintop (pocos) deben ser empleados para probar las cualidades de futbolistas jóvenes de la casa, lo que no significa que se les regale el puesto, sino que se les ofrece una oportunidad para demostrar su talento. Lo mismo vale para Carvalho, renovado por capricho del entrenador pese a no contar para nada. ¿No sería más lógico que Nacho dispusiera de esos minutos? A eso es a lo que yo me refiero.

Los profesionales de la paranoia creen que existe una conspiración para derrocar a Mourinho, al que han convertido en bandera, al que se ha llegado a respaldar en el aberrante episodio del dedo en el ojo. Su argumento es que los entrenadores anteriores a él eran imbéciles y se dejaban manejar por la prensa. Su argumento es que la prensa muerde la mano que le da de comer, como si no existieran periodistas antes de Mourinho. No entienden, o no quieren entenderlo, que sería mucho más sencillo y productivo elogiar al Real Madrid en cada uno de sus pasos, masturbar al hincha que no piensa (ahora cito de memoria a Enric González). Lo que os fastidia, concluyen, es que no os conceda entrevistas. En el Txistu, mayormente.

Los fanáticos del Comunio llegan a la inquina por otro camino, pero el destino es el mismo: desbarrar. A ellos lo que de verdad les molesta es que les estropees el juego. Y digo juego, por si tienen a bien buscarlo en el diccionario. En su impotencia por la derrota (supongo que se habrán apostado algo tan valioso como un café o una paella), pretenden que algo tan subjetivo como las puntuaciones se ajuste por decreto a su manera de pensar, o al jugador que les gusta, o al que pudieron fichar. No ajustarse a sus pensamientos es incurrir en un pecado mortal, jugar con los sentimientos de un pueblo, robar el pan de sus hijos. Así reaccionan. Esta misma semana, un ofendidísimo jugador reclamaba mi despido fulminante dada mi incapacidad para puntuar a los futbolistas a su gusto. Y misivas parecidas reciben otros compañeros cronistas. ¿No les parece profundamente ridículo todo esto? ¿No detectan unas enormes ganas de amargarse? Y les diré algo que terminará de propagar el incendio. Quienes tanto fallan, se lo merecen. Después de doce jornadas y sabe Dios cúantas temporadas, no debe ser tan complicado predecir el rendimiento del jugador en combinación con las manías del cronista.

Asumo que nada de lo expuesto cambiará la opinión de los odiadores habituales, esos que utilizan Twitter para insultar a quien no tienen el placer de conocer ni habrían conocido de otro modo. Twitter reproduce el cóctel favorito para los energúmenos: masa y anonimato. De ahí el ruido. Sin embargo, a periodistas y lectores, nos sirve una oportunidad única para establecer contacto e intercambiar opiniones, para enriquecernos a partir de la coincidencia o de la crítica, pero siempre a partir del respeto.


PD: Disculpen mis amigos del bar. En Navidad invitaré yo a las copas. Literal.


09 Oct 2012

The Newsroom

Escrito por: juanma-trueba el 09 Oct 2012 - URL Permanente

Para quien no lo conozca: The Newsroom es una serie de televisión que ofrece en estos momentos el Canal +. Llegados a esta línea no faltarán los suspicaces que me llamen corporativista, prisaico o vendido al poder. No van por ahí lo tiros (mis tiros) pero aceptaré los disparos ajenos con resignación cristiana. Finalizado la balacera, prosigo. The Newsroom trata sobre el mundo del periodismo; ahora sigan disparando si gustan. Escondido bajo el piano, intentaré resumir la trama sin destriparles nada: digamos que un famoso presentador de las noticias ve irrumpida su plácida existencia por alguien que recupera su visión idealista de la profesión. Los espectadores más escépticos no tragan con esta primera asociación: periodismo e idealismo les parecen conceptos contrapuestos y excluyentes. Tengo varios compañeros que piensan así, aunque les gustaría pensar lo contrario. Tiene mala fama este oficio, para qué lo vamos a discutir si existe el Twitter.
Sin embargo el mérito de The Newsroom, uno de sus valores, es proponernos el idealismo y la integridad como una posibilidad. Todavía ignoramos si tan romántica aspiración tiene una respuesta en el ‘share’ (sólo llevamos cuatro capítulos), pero no hay duda de que proporciona una inmensa satisfacción entre los personajes que la defienden en la ficción y entre los televidentes que la observamos en la realidad. La búsqueda de la verdad, o de las verdades, el esfuerzo por ser independientes y la obligación de ser honestos son motivaciones que no caen en saco roto. Es más, diría que provocan un efecto de contagio, progresivo e infinitamente más lento que el contagio de lo mezquino, pero contagio al fin y al cabo.
No negaré que los protagonistas de una serie americana tienen difícil reflejo en el mundo que nos rodea, especialmente los que proyectan valores positivos. Si complicado resultaría toparse con Will McAvoy lo sería mucho más encontrarse con el superior que le inspira y le protege. No obstante, estoy convencido de que si no surgen más Mackenzies es porque las empresas apenas emplean tiempo en buscar, formar, escuchar y renovarse.
The Newsroom es un cuento sin hadas, pero con periodistas. Una desventaja, en principio. Sin embargo, su principal reivindicación no son los periodistas, como pudiera pensarse, sino los espectadores, entendidos no como una cifra con decimal, sino como seres inteligentes con capacidad de discernir.
Me resisto a creer que a la mayoría de la audiencia le guste la basura, envasada como comida o información. Creo que el periodismo y los medios han dado por perdida esa batalla antes de librarla. Pensar que la masa es primitiva e inculta es una magnífica excusa para comportarse de manera primitiva e inculta, y resulta mucho más sencillo hacer eso que explorar fórmulas más refinadas.
No me rindo, pese a todo. Si el barco del periodismo está a punto de naufragar deberíamos darnos el gusto de que ese desastre, inevitable según dicen, fuera un desastre hermoso, tal y como sugería Zorba El Griego.
The Newsroom hace pensar. Tal vez quise expresar eso antes de comenzar esta disertación llena de tiros al aire.

PD: Mi Social Media Manager (ya le he cambiado el cargo, que me perdone) me pide que les pregunte si quieren que se exija un registro para participar de este Foro. Me asegura que así controlaríamos mejor a los trolls y a los Gárgamel. Ustedes me dirán si pedimos carnet para entrar en el bar.

27 Ago 2012

Asuntos (muy) pendientes

Escrito por: juanma-trueba el 27 Ago 2012 - URL Permanente

Varios temas. El primero, Kaká. Mi convicción de que no se merece este final genera reacciones casi siempre furiosas (contra mí y contra Kaká). A pesar de circular en sentido contrario, sigo en mis trece. Kaká no es responsable de su precio (ni de su sueldo) y este es el principal de los reproches que se le hacen. Dicho esto, y después de un sinfín de lesiones, Kaká ha jugado mejor de lo que se quiere recordar. Su frialdad, indolencia para algunos, viene de serie y era conocida. No hablamos de Cristiano o de Messi, de jugadores que hacer girar el mundo a su alrededor. Nunca fue eso. Y si el Madrid pagó como si lo fuera es únicamente su responsabilidad.
Se dice también que Kaká lo ha tenido todo para triunfar en el Madrid y no lo ha hecho. No es totalmente cierto. Kaká ha dispuesto de oportunidades, pero jamás ha tenido la confianza de Mourinho. No es un futbolista de su gusto, simplemente. No es corajudo, ni ardoroso, ni se exprime en defensa. Y como el gusto del entrenador ha calado en muchos aficionados, Kaká no gusta al madridismo. Antes se hubieran apreciado sus controles, o su elegancia natural, pero ahora irrita tanta suavidad. Sin hablar del precio, naturalmente, tema recurrente del que siempre se termina hablando.
El último pecado de Kaká fue provocar la eliminación del Madrid en la Champions. Muchos lo creen verdaderamente. Su mal partido contra el Bayern en los minutos que jugó (recuerdo que fue suplente) se ha utilizado como justificación del fracaso, liberando de toda culpa a Mourinho o Cristiano, o a todos cuantos forman la columna vertebral del equipo y entre los que no está Kaká. La psique nos busca curiosas escapatorias.
Desde mi punto de vista, y asumido que Kaká es un futbolista por debajo de su precio, la única manera de amortizar su contratación hubiera sido hacerlo jugar mucho y con paciencia. Cada vez que se intentó, casi siempre cuando la temporada estaba decidida, o cuando los partidos estaban ganados o perdidos, Kaká respondió. Valgan como prueba los siete goles en 14 partidos que sumó al final de la temporada 10-11.
El último ejercicio, y con esto cierro el tema, será comparar la rentabilidad (deportiva y de marketing) de los 65 millones que costó Kaká con los casi 40 que habrá costado Modric, según afirman algunos medios británicos.
Siguiente asunto: Armstrong, Lance. Me he declarado admirador de Armstrong en sus tiempos como ciclista. Decía, medio en broma y muy en serio, que de Armstrong me gustaban hasta sus ex novias, o especialmente ellas. Incluso aplaudí su regreso al ciclismo, cuando sin nada que ganar se arriesgó, por amor al deporte, a perder (y la perdió) su imagen de ciclista invencible. Habrá quien se pregunte como conciliar esa admiración pasada con mi actual satisfacción por la resolución de la USADA. Muy fácil. El ciclismo me lo creo y me lo creeré hasta que un tribunal me dice lo contrario. Entonces, como soy buen ciudadano, acato lo que se determina. Lo que no pienso hacer es desconfiar de los ciclistas de antemano porque me gusta demasiado este deporte como para convertirme en un amante torturado. Y debo decir que la lectura del libro de David Millar (Pedaleando en la oscuridad) ha aumentado mis esperanzas de que el ciclismo acabe por regenerarse. Quizá dentro de diez o veinte años, cuando los corredores entiendan que el dopaje es algo muy similar a un modo de esclavismo: esclavo de los médicos, de la competición, del miedo.
Por último, el Madrid, en general. No jugó para perder en Getafe. El empate ya hubiera sido un castigo excesivo. Dominó cuanto quiso y con un poco de viento a favor habría goleado. El Getafe no tuvo más mérito que defenderse agónica y desordenadamente, mil veces quebrado. Después, Mourinho lo empeoró todo con los cambios y lo terminó de arruinar con sus declaraciones. Él solito ha transformado un golpe de mala fortuna en una crisis de tamaño todavía incalculable. Su ataque a los jugadores es injusto y desmedido. No sólo eso. Sospecho que las broncas que le valían antes habrán perdido fuerza con el paso del tiempo. La estrategia del poli malo-poli bueno no puede prolongarse durante tres años, porque los disfraces se gastan y los bigotes postizos se caen. Esa es la duda veraniega que me asalta cuando pienso en el Madrid. Quizá los periodos de Mourinho como entrenador en diferentes clubes no sean breves por casualidad. Tal vez la extenuación deportiva y psicológica a la que somete a los jugadores no permita relaciones más extensas. Lo sabremos esta temporada, en la que no vale cualquier título, sólo uno, el más grande, la Copa de Europa.

Por cierto, encantado de volver a veros.

08 May 2012

La táctica del miedo

Escrito por: juanma-trueba el 08 May 2012 - URL Permanente

Imagino que existirán artículos de afamados psicólogos al respecto de este título, pero si los busco en Internet acabaré por perderme en cuestiones banales. No hay tiempo y, aunque lo hubiera, suele ser más recomendable ejercitar el magín. Allá va, por tanto. Le decía no hace mucho a un amigo que la filosofía de Mourinho tiene menos recorrido que la de Guardiola porque no hay grupo que soporte la presión constante. En eso se basa su estrategia motivadora: nos odian (los periodistas, los árbitros, los rivales…), nos desprecian (los mismos), y hemos de unirnos para sobrevivir y vengarnos. Da resultado, su palmarés lo demuestra. Sin embargo, el desgaste también resulta evidente. De eso hablamos cuando decimos que los exequipos de Mou se suelen quedar secos. No es pena por su adiós, es simple agotamiento psicológico. Tampoco es casualidad que los ciclos triunfales de Mourinho sean de dos años, o que él insista en los éxitos de la segunda temporada, pero nunca hable de la tercera. No hay cabeza humana que resista por más tiempo. El experimento que afrontará a partir del verano con el Madrid será de enorme valor científico.
El modus operandi de Mourinho no es tan novedoso como algunos piensan. Hay bastantes personas que reniegan de la felicidad como ambiente propicio para el éxito. Se suele tratar, es fácil deducirlo, de gente escasamente feliz. De modo general, y sin ánimo de personalizar, podríamos decir que las frustraciones vitales generan frustrados permanentes y es asombroso el empeño de los frustrados por encontrar venganza en la edad adulta. El consejo llega tarde para nosotros, pero será de utilidad para las generaciones venideras: ten cuidado a quien das collejas en el colegio porque puede acabar siendo tu jefe.
Ignoro cuál fue la intensidad de las collejas que recibió Mourinho en su infancia, o de qué son metáfora, pero al simple observador se le aparece su época de segundo entrenador del Barça como un periodo considerablemente frustrante. Estoy por asegurar que después de ganar la liga en cuatro países diferentes y un par de Champions todavía le escuece lo de “traductor”, y tampoco descarto que aquel desprecio (injusto, por cierto) haya resultado decisivo en el impulso que le dispara. El despecho mueve más montañas que la fe.
Se suele citar a Guardiola como antítesis de Mourinho, pero no es completamente verdad. Su auténtico reverso es Del Bosque. Su modo de gestionar desde el ‘buenismo’ demuestra que se puede ser campeón del mundo propiciando ambientes felices (y aquí abro paréntesis: no me olvido del talento como ingrediente básico, pero la felicidad y el respeto son caldo de cultivo para la confianza, y desde ella crece el talento). ¿Piensa alguien que el Seleccionador hubiera tenido tantos reconocimientos institucionales y sociales si en lugar de Del Bosque hubiera sido Clemente? No, claro que no. Tanto como el título, o más incluso, se le reconoce el milagro de ser buena gente.
Leí no hace mucho que el Papa Gregorio (no me pidan el dorsal) admiraba extraordinariamente a un ministro italiano porque no sonreía jamás. Aquello me hizo reflexionar sobre la magnífica prensa que tienen desde tiempo inmemorial los tipos malhumorados. Quizá venga, en origen, de la incapacidad de esos seres para encontrar diversiones que les realicen y a menos diversiones más tiempo tienen para dedicar al trabajo. Quién sabe. La paradoja, no obstante, sigue ahí: mientras las empresas más vanguardistas fomentan la imaginación creativa de sus empleados y los cuidan como bonsáis, todavía hay quien sospecha de los empleados cuando ríen al mismo tiempo.
Me critican, de tanto en cuanto, por mis críticas a Mourinho y me acusan de no reconocerle los méritos que le adornan. Y los reconozco. Otra cosa es que los recuerde a cada paso. Esto no lo hago, lo confieso. Pienso, sencillamente, que sus logros con el Madrid no justifican sus modales, ni compensan el perjuicio que causan sobre la imagen del club. Una Copa la ganó Floro y una Liga la ganó Schuster sin que se abrieran los cielos y bajara un coro de ángles. Llegado a este punto de la argumentación mis amigos mourinhistas (que los tengo) me dicen que aquellos equipos no se midieron al mejor equipo de la historia (sólo se refieren así al Barça cuando me rebaten), a lo que yo opongo que esos pobres entrenadores tampoco dispusieron de los recursos que tiene Mou para combatir a ese Imperdio del Mal que es el Imperio del Bien.
Y qué demonios: Mourinho falta al respeto a los periodistas con una insistencia insoportable, y por poco corporativista que yo sea, es mi deber criticarlo y hasta combatirlo. Supongo que el día que quienes ven a la prensa como una especie de CIA conspiradora comprendan que el periodismo es un gremio atomizado y tan disperso como la multitud de la calle Preciados, encontraré más adeptos a mi causa. De la misma manera que yo veré mis argumentos reducidos el día que Mou afronte con valentía una semifinal de Champions.
No tengo, por tanto, nada personal contra Mourinho. Lo mío es una oposición al modelo que representa y al camino que sugiere, retuerce que algo queda. Se puede ganar de otra manera. Y, sobre todo, de vivir de otro modo.




06 Mar 2012

Aproximación a los árbitros

Escrito por: juanma-trueba el 06 Mar 2012 - URL Permanente

Demos por buena la controvertida teoría de que los árbitros también han sido niños. Partiendo de esta base, hagamos un esfuerzo, habremos de suponer que el niño árbitro es aficionado al fútbol y seguidor, por tanto, de algún equipo. La fría estadística nos sirve para avanzar otro paso: el niño árbitro es del Real Madrid, del Barcelona o del equipo de su ciudad, caso de que esta tenga equipo en Primera o la frecuente. A estas elecciones básicas seguirían el Atlético, el Betis, el Athletic, etc. Es decir, el niño árbitro, antes de vestirse de gótico y aprender solfeo, no se distingue de los otros niños: juega al fútbol, esencialmente mal, y dibuja el escudo del club de sus amores en la contratapa de los libros de texto.
Igual que sucede con los cachorros de las distintas especies, el drama del niño árbitro llega con el inevitable crecimiento. El amor al fútbol sufre su primer desengaño y el muchacho árbitro debe elegir entre el fútbol que le rechaza, las mujeres que le ignoran y la ciencia que le huye. Mientras sus compañeros, en la misma tesitura, se aplican al normal acoso de las mujeres, el muchacho árbitro dirige su asedio hacia el fútbol que le rechaza. Entonces, sometido a una diatriba existencial, se hace formalmente árbitro. Tanta es su necesidad de estar próximo al balón y a los líderes futboleros, que, tras fracasar como lateral derecho y portero, el muchacho árbitro propone su reubicación como juez de la contienda recreativa. Y triunfa, no sin atravesar un rápido pero duro aprendizaje. La primera enseñanza es que la permanencia en el cargo se relaciona íntimamente con su buena relación con el poder. Si el muchacho árbitro escamotea dos penaltis al compañero cacique es más que probable que no vuelva a pitar jamás y pase el resto de sus recreos jugando al backgammon con el delegado gafotas. En este sentido, la habilidad del árbitro para congraciarse con la jefatura es algo que no se pone en duda: la practica desde la adolescencia.
Ahorremos más detalles del proceso iniciático y situémonos (sin protestar) ante el árbitro vestido de negro. Pocos disfraces hay tan parecidos al de sheriff. Pocas indumentarias tan influyentes en la psique de sus portadores. Al igual que el sheriff o el policía, el árbitro dispone de autoridad y armas. La comparación no es forzada. Una tarjeta, amarilla o roja, tiene el mismo efecto una porra o una pistola: hiere o fulmina.
El solemne juez está investido, pero no será imparcial ni tatuándose el platillo de una balanza en cada glúteo. Siempre le pesará más el corazón. Ni el mayor esfuerzo consciente podrá con el impulso inconsciente de favorecer a su equipo o a sus amigos (incluyan jefes) o, en casos más disculpables, al equipo de su amada, incluso al de su esposa.
En tales condiciones, que a todos afectan, reclamar imparcialidad a un árbitro es un empeño quimérico. Y ciertamente injusto. Un árbitro no difiere en esencia del previsible jurado plurinacional de Eurovisión y votará (juzgará) en base a simpatías (antipatías) recientes o históricas. Sin tomar una dirección concreta (en ocasiones el Festival lo gana Azerbayán), pero repitiendo siempre la misma inclinación: guayominí, 12 points.
¿Qué nos cabe esperar, por tanto, de los árbitros? Para empezar, que favorezcan sin decidir. Que atiendan a las reglas del mínimo decoro y que no trasladen sus frustraciones diarias al terreno de juego. Es decir, que no expulsen a troche y moche porque un tipo les cae mal, o porque se levantaron con el pie izquierdo, o porque fulanito mira torcido.
En el fondo, lo que cabe esperar de un árbitro es, a grandes rasgos y en esencia, lo mismo que cabe esperar de un periodista. A esa singular especie de frikis estará dedicada mi próxima entrada. Tipos extraños que, un buen día, decidieron no ser árbitros.

13 Feb 2012

Los fantasmas del Barça

Escrito por: juanma-trueba el 13 Feb 2012 - URL Permanente

Vayan aquí varias reflexiones sobre el Barcelona y su presunto derrumbe. Empezaremos por lo más reciente, el partido en Pamplona. La segunda parte confirmó, por si todavía era necesario, que la plantilla del Barça es corta, que a Guardiola le mata el romanticismo dieciochesco y que Alexis Sánchez no es el crack que se esperaba. Digamos que el chileno se diferencia poco de Pedrito, lo que le deja en buen futbolista, no diré otra cosa, pero no le hace trascender al reino de las grandes figuras. El asunto es más grave si Alexis juega de delantero centro. Entonces no es siquiera la mitad de sí mismo, aunque meta goles de vez en cuando (lo hizo en el Bernabéu, no lo olvido). Resulta sorprendente que el Barcelona/Guardiola se empeñara en colgar balones al área para remontar a Osasuna, cuando la probabilidad de que alguno alcanzara a Alexis giraba entre lo remoto y lo imposible. No es aventurado suponer que al Barça le hubiera ido bastante mejor con Ibrahimovic de delantero, por no decir Etoo y por no olvidar a Villa, que tampoco encaja en la figura de un nueve clásico aunque sí sea un goleador. Se puede comprender que Guardiola se desprendiera de delanteros tan tóxicos para el grupo como Ibra o Etoo, pero no se entiende que no los reemplazara por un honorable jugador con las mismas características. Al no hacerlo, el Barça se hizo esclavo de un único discurso: entrar tocando. Y no todos los días son fiesta.
La incongruencia se hace más patente con la última cosecha de canteranos. Tello y Cuenca son jugadores de banda muy aptos para suministrar balones al delantero centro que no existe. Tello, por cierto, es un jugador más hecho, técnico e incisivo que Cuenca. Más asesino, valga la expresión.
Sería una injusticia clamorosa, no obstante, cargar a Alexis Sánchez con el mochuelo. Él no es más que una parte del problema. Si Messi estuviera inspirado no hubiéramos tenido ocasión de reparar en Alexis. O en la inmadurez de Sergi Roberto. Pero no lo está. Messi ha entrado en uno de esos bucles de los que sólo te puede sacar una autoridad superior. Messi precisa que le detengan y que le sienten, que le inviten a reflexionar tal y como se hace con los niños pequeños. Messi, lo recuerdo, tiene 24 años y está lejos de saberlo todo.
Sin Messi (sin el mejor Messi) y con Xavi e Iniesta en el banquillo el Barcelona deja de ser el Barcelona. Añadamos también la suplencia de Cesc. En semejantes condiciones sólo cabía aspirar a un bonito entierro en la tundra pamplonesa. Y eso ocurrió. Derrota, adiós a la Liga y lección de impotencia.
Analizadas las piezas sueltas, la responsabilidad general debe recaer en Guardiola. El entrenador del Barcelona ha preferido, esta temporada, ser ético antes que competitivo. Vaya en su descargo que se lo permite después de haber sumado trece títulos (de 16). Sin embargo, la vida sigue y los aficionados no se toman años sabáticos. Ahí está lo reprochable. Guardiola ha descuidado tanto el físico de la plantilla en favor de la ideología que ha servido en bandeja el campeonato al Madrid más físico (y menos ideológico) que se recuerda.
Dicho lo cual, al Barcelona le quedan Champions y Copa. Y haría bien en fijar esos objetivos como únicos y fundamentales. Si Guardiola dedica lo que queda del campeonato de Liga a formar jóvenes talentos de la cantera y dosificar los esfuerzos de sus estrellas, incrementará sus opciones de triunfar en la Champions. El peligro será el rubor de una escandalosa diferencia de puntos en relación al Madrid y la inquietante proximidad del Valencia. La buena noticia para el Barça es que la plantilla sólo daba para competición y media y eso, no más, es lo que debe afrontar ahora.
La última referencia debe estar centrada en el carácter progresivamente cambiante de Guardiola. Es una evidencia que las derrotas le humanizan y hasta le embarran (también le ocurría como jugador), pero eso no debe restar méritos a la respetuosa actitud (ejemplar, diría) que ha tenido durante tanto tiempo. Hay otros que ni siquiera en la victoria consiguen apaciguar sus demonios.
Queda en manos de Guardiola, por tanto, transformar la pérdida de la Liga en una ventaja. Las eliminatorias de Champions son carreras cortas donde no importa tanto el físico, esfuerzos localizados donde sigue mandando el talento, eso que le sobra al Barça cuando no se lo deja en el banquillo.

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