derecho y deporte
El negocio de los deportes profesionales
En las últimas semanas la deuda con hacienda y la segudiad social de los equipos de fútbol profesional así como el posible cierre (o no) de la liga ACB, ahora llamada liga endesa (hay que hacer publicidad a quien algo aporta) ha llenado muchos espacios en los medios de comunicación.
Lo del fútbol es el cuento de nunca acabar y después de un saneamiento volvemos a estar donde estamos y estábamos, con la mejor liga del mundo (mentira) y con una deuda que a ninguna empresa seria se le hubiera permitido en este país (fíjense que he dicho seria, aquí no cabe la nueva rumasa que va por libre -de momento pues espero que la justicie actúe igual que lo hace con los pobres mindundis y les prive a los responsables de tan gran escándalo de su libertad, único tratamiento efectivo para este tipo de actividades-). No creo que para que siga habiendo fútbol en España sea necesario que se mantengan los actuales clubes morosos. Liquidación y cierre debiera ser la solución, pues de lo contrario la deuda seguirá creciendo y sólo una anmistía fiscal o una inyección de dinero público (directamente o mediante recalificaciones) podría evitarlo. Nadie se cree (economistas incluídos) que determinadas deudas puedan ser amortizadas con las previsiones que esos equipos tienen estén en primera o en segunda división. Y aquí resulta cuando menos irritante que los equipos que generaron su deduda estando en primera división vean el ascenso como la solución a esa deuda.
Con un país haciendo importantes esfuerzos para salir de la crisis, la liga de las estrellas sigue a lo suyo, con unos presupuestos irreales y unos salarios para nada acordes con su capacidad de ingresos, o por lo menos de gestión, y no deberíamos sorprendernos si el problema fuera como se gestiona el dinero que entra y no si entra o no lo suficiente. Bastaría con saber lo que cobran los directivos de los equipos de fútbol para comprender su esfuerzo en que el club no cierre. Pero mientras nadie quiera tirar de la manta y a cada presidente le hace bueno el siguiente es una barra libre donde no se sabe quien va a pagar. Bueno ellos creen saberlo, pero creo que la sociedad ahora no va a tragar con perdones, aplazamientos o mindongas.
Pero como parece que cerrar un club es pecado (y de los gordos) tampoco otras medidas se arbitran y equipos que no pagan siguen fichando (usando cualquier fórmula que el derecho les permita pues para eso son sociedades anónimas) y siguen endeudándose en un empeño de mantener a flote un barco que hace más aguas que el titanic. Quizá la prohibición de inscribir nuevas fichas que no fueran de sus categorías inferiores en tanto no pongan al día sus cuentas (y no sólo las nóminas de los jugadores del último año para no descender) podría ser una fórmula para que fueran más conscientes de que no pagar lleva a la desaparición jurídica o deportiva, pues difícilmente podrían mantener la categoría con los juveniles, y mientras tanto el dinero de las televisiones, del mercadeo, de las radios ahora, de los traspasos, de la publicidad y de lo que sea fuera destinado a amortizar deudas. Sí, ya se que la solución es una chapuzada, pero así es la LFP, una chapuzada en toda su extensión, incapaces de ponerse de acuerdo en nada importante (lo de cobrar a las emisoras no es importante) salvo en lo que a cobrar se refiere, pues no parece que los salarios que se dice que cobran estén en consonancia con su rendimiento.
Algo parecido pasa en la ACB. Tenemos la Ñ, pero es la única letra que salvamos del abecedario mientras Bill Gates y compañía quieran, pues ya muchos teclados la ignoran, como la ACB ha venido ignorándola por no decir que ninguneando, pues parece imposible que después de una década de éxitos tengamos la liga que tenemos, con escaso o nulo tirón televisivo y plagada de medianías que cierran el paso a las jóvenes generaciones, que salvo excepciones que llegan de paso a la NBA (¿a que estas letras suenan mejor?, pero claro aquí hay propietarios que aspiran a ganar dinero con su inversión, no comerciales que esperan vivir de sponsores cansados de la nula repercusión que sus inversiones tienen y que tras el proceso reforma del sistema financiero veremos quienes les sustituyen), pero nunca para quedarse, los demás tienen que hacerse sitio desde ligas menores o comprar un cogín para estar más cómodos en el banquillo y jugar los minutos de la basura, cuando la hay. Si vemos las valoraciones de muchos de los jugadores que rellenan las plantillas nos debiéramos preguntar que pintan allí y si no sería mejor dejar crecer a alguien que quizá valorara igual, pero seguro que sentía la camiseta que llevara. Y en este desmadre de fechas y horarios que se ha convertido cada semana (es más fácil completar un sudoku de los difíciles que saber cuando es cada partido) resulta que estar en la élite es algo prohibitivo porque tienen tasas y condiciones que ya casi nadie puede cumplir. Sólo los que tengan detrás el apoyo institucional podrán hacerlo y espero que las instituciones tengan la decencia de no poner un euro a tales fines. Casi nueve millones de euros para ser equipo de ACB. El cierre de la liga es la única solución. Que entren los que puedan y a partir de ahí que el riesgo del descenso no sea una hipoteca que lastre su futuro.
Negocio y espectáculo
Deporte y derecho es el título de este blog, aunque en el caso del fútbol profesional el deporte pretenda ir al margen del derecho, al menos el derecho común. Siendo sincero debo reconocer que aunque soy profesional del derecho, mis conocimientos de derecho deportivo son nulos (prometo que a final de esta temporada eso habrá cambiado). Con esas pretensiones y con esas limitaciones debe entenderse todo lo que escribo.
Que el fútbol profesional navega entre el negocio y el espectáculo a nadie se le escapa. Que como negocio es un cúmulo de interesada desorganización, falta de transparencia y arbitrariedades contra las que los principales protagonistas no son capaces de alzar la voz, a veces por miedo y otras muchas por conveniencia es público y notorio. Sociedades con deudas inabordables y que permanentemente hablan de viabilidad y de la garantía que supone su patimonio de deportistas, con un valor descaradamente inflado y ajeno a una realidad. Con unas deudas a las arcas públicas que a ninguna empresa de este país se le permite, ningún gobierno tiene el valor de ponerles límites reales. Que un club como el Atlético de Madrid tenga una deuda que supera cinco veces su presupuesto de ingresos, que nunca conseguirá saldar (nunca entenderé como mi padre, hombre honesto y trabajador fuera seguidor suyo, supongo que es un ejemplo de la fenomal campaña que hace años hicieron), se permita el lujo de malvender a uno de los mejores jugadores del mundo con tal de que no acabe en el Real Madrid (hubiera pagado seguramente más en una negociación y además le hubiera permitido fichar a Negredo por mucho menos de lo que su recambio le ha costado) y fichar a un delantero, que con todos los respetos, a día de hoy no le llega ni a la altura del tobillo y que seguramente, aunque resulte bueno, nunca podrá generar una plusvalía, pagando por él más de lo que ingresó con la venta del Kun, sólo puede entenderse en clave de "negocio", aunque seguramente no para el Atlético. Quizá, si existiera un verdadero derecho deportivo que afectara no sólo a la organización de la competición, sino también al funcionamiento de estas empresas y a su gestión económica, debiera obligarse a que un porcentaje de estos ingresos (nunca inferior al 50%) debiera ser destinado a saldar las deudas con las arcas públicas. Pero a estos temas le dedicaré algún día un artículo más en profundidad, cuando mis conocimientos mejoren. Recuerden que al principio lo prometí.
Por eso hoy quiero hablar del fútbol como espectáculo. Leo esta mañana en As como los árbitros intentan unificar criterios. Perfecto, aunque a pesar de ello seguirán cometiendo errores, seguirán viendo penaltis en un lado del campo y les costará verlos en otros aunque se los pongan con moviola. Y no pasa solo en España, ayer también pasó en Mónaco y curiosamente en el mismo lado del campo que siempre. Tiren de refranero que es muy sabio: piensa mal y acertarás. Disculpen que me lio y se me ve el plumero. Decía que hablemos del fútbol como espectáculo, por el que pagamos un elevado precio para acceder y donde un error humano puede dejarnos sin él. Se imaginan si después de pagar un dineral por ver un concierto de Plácido Domingo nos dijeran que está enfermo y que en su lugar saldrán Hombres G. Pues eso es el fútbol a veces. Empieza el partido, el árbitro se equivoca, y te deja con diez jugadores. Luego cuando llegan los Comités se dan cuenta de que no fue penalti y que no debió ser expulsado, le perdonan la expulsión pero a lo hecho pecho y el partido se perdió.
Injusto. Como también es injusto que una expusión en el minuto uno tenga la misma sansión que una expulsión en el minuto 90 por los mismos hechos. El primer equipo será sancionado más duramente que el primero, pues a los partidos de sanción que tenga que cumplir el jugador habrá que sumar el que ya ha cumplido en el partido donde se produjo la sanción.
Por eso quizá sería bueno algún cambio que facilite el espectáculo y haga posible que los errores repercutan en el mismo y en la competición, en las quinielas, en las apuestas ...
Mi propuesta es que siempre que se produzca una expulsión, si no se han agotado los cambios el equipo, se pueda incorporar un jugador al campo. Esto redundaría en beneficio del espectáculo, permitiría que los errores no tuvieran una trascendencia tan importante y que la presión sobre los árbitros fuera menor.
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El deporte desde la óptica del derecho general, como contrapunto al mundo particular en el que se desenvuelve.
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